La sublime vocación de la maternidad – Walter J. Chantry [Parte I]


Traducido desde http://www.oestandartedecristo.com

1 Timoteo 2:14-15 “Pero se salvará engendrando hijos, si permaneciere en fe, amor y santificación, con modestia”

Nuestra generación ha destacado en la opresión de las mujeres. Los síntomas no son difíciles de identificar. Las mujeres han sido muy frecuentemente mantenidas en desprecio. Muchas de ellas han sido sometidas a abusos verbales, físicos y sociales. Las revistas femeninas y activistas sociales han apuntado el dedo para gravísimos malos tratos que someten multitudes a la miseria.

Nuestro mundo tiene poca dificultad en describir el dilema de las mujeres. Pero está completamente equivocado en cuanto a la raíz causal de este problema. Consecuentemente, está siendo ofrecida a las mujeres una solución defectuosa para sus problemas reales. El diagnostico falso generalmente lleva a medidas inadecuadas de tratamiento. En este caso, la cura propuesta por el mundo simplemente agrava el sufrimiento femenino.

La Escritura habla

Contrariamente a la creencia popular, la Biblia tiene una serie de cosas que decir sobre esta cuestión: Pablo, en 1 de Timoteo 2:11-15, alude a la situación de la mujer. El indica que ella necesita ser salva (15b). Eso no puede significar la salvación del pecado y de la ira eterna de Dios. En este contexto Pablo une la salvación al embarazo. El debe tener en vista una liberación de alguna otra calamidad. En verdad, el está refiriéndose a las calamidades circunstanciales que acompañan la vida de una mujer. En el pasaje, Pablo da una solución. Sus puntos de vista no son simplemente un discurso repetitivo o sin sentido de la actual filosofía social en su propia era. Bajo la inspiración divina el no escribió una opinión particular sino, la propia Palabra de Dios.

Creación y Caída

Los proponentes de los “derechos de las mujeres” empalidecen cuando las directrices de Dios para las mujeres son leídas, a partir de este pasaje: “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio” (vv.11-12). “Esa es la causa del sufrimiento de la mujer”, ellos nos dicen, “Ella ha sido sujeta al hombre. “Tenemos que ir directamente a la fuente del sufrimiento”. “Liberen a la mujer de la dominación del hombre”.

El apóstol Pablo vigorosamente discrepa de esto. El problema de la mujer no es su posición social de subordinación al hombre. Este no es problema de ella.

El apóstol Pablo observa primero las razones por las cuales es esperado de la mujer la plena sumisión al hombre:

“Porque primero fue formado Adán después Eva” (v.13). El hombre existía antes de la mujer. La mujer fue tomada del hombre. Esta primacía del hombre en relación a la mujer y la derivación de la mujer en relación al hombre no fueron detalles incidentales de la creación. Ellos acontecieron intencionados para establecer el orden social humano. La mujer fue hecha para el hombre (Gen. 2:18). Ella fue tomada para suplir la función de una auxiliadora idónea para el hombre. En el paraíso, Eva encontró la felicidad perfecta por un tiempo en un papel que era el de apoyar al hombre, en una posición social en que era sujeta a él.

Los sufrimientos de una mujer, por lo tanto, no son a consecuencia de su posición social, sino un resultado directo de la caída. La experiencia de ser sujeta a un marido lleno de pecado no es idéntica a la sumisión sobre el inocente Adán. Es el pecado en el hombre que lo hace imprudente y abusivo en relación a la mujer. El pecado en la mujer genera descontentamiento, aún con un trato legítimo e ideal en su verdadero papel. Satanás era la serpiente que trajo todo el aguijón de descontento a la mujer.

El apóstol Pablo, entonces, recuerda a las mujeres sobre la historia de la caída y da la razón para la maldición que ellas sienten tan intensamente. “Y Adán no fue engañado sino la mujer siendo engañada cayó en transgresión” (v.14). La Escritura no está aquí acumulando toda la culpa del sufrimiento y confusión de este mundo sobre la mujer. Si alguien está siendo acusado, es el hombre quien es más directamente incriminado. Mientras, Pablo espera que la mujer entienda su porción de responsabilidad en la caída, que siempre, desde entonces, la atormentó.

Adán no fue engañado. Eso no exime al hombre de toda la responsabilidad en las tragedias que han asombrado a la raza humana. Adán, entró en vil rebelión contra Dios con los ojos bien abiertos. El tomó el fruto de Eva, sin falsas ilusiones. Su pecado fue el más profundo. El transgredió sabiendo plenamente lo que él estaba haciendo. Pero Eva fue engañada por Satanás. Ella “cerró los ojos”. Hay, en general, en la constitución del sexo femenino una simplicidad confiada (que puede tornarse en ingenuidad). Esa característica se adapta perfectamente a ella para el papel de auxiliadora del hombre, así como Dios le había designado. Hay en esa diferencia constitucional de la mujer en relación al hombre una belleza que define la feminidad y que es atrayente a los hombres.

La principal razón del apóstol Pablo para dirigir la atención de la mujer hacia su decepción en la caída, no fue para “embarazarla”. Esto ocurrió para reforzar la necesidad de sujeción al hombre. La caída con todas sus consecuencias nefastas para la mujer no surgió de su sujeción al hombre. ¡Sino al contrario! ¡Cuando ella abandono su papel de sumisión a Adán y decidió tomar el asunto en sus propias manos, la caída llego! Eva determino conducir al hombre en lugar de seguirlo. Se convirtió en una mujer seductora en lugar de una ayudante. Saliendo de aquel lugar que Dios le dio y se rebeló contra el orden social instituido por Dios, ella trajo al mundo, y a la feminidad, la ruina. Ella no es una miserable víctima inocente de las desolaciones resultantes. La mujer bajo la influencia de Satanás es la autora de todas ellas. ¡Su inquieto desafío de la autoridad del hombre está en el corazón de la calamidad humana!

La opinión de este mundo es que no debe haber distinción entre hombre y mujer en el orden social. Si la mujer fuese emancipada del yugo del hombre, ¡entonces su sufrimiento cesaría! Tal análisis acusa el orden de la creación de Dios y sus directrices post jardín como los culpables de la aflicción de la mujer. La palabra de Dios cita exactamente lo opuesto como la causa de su problema. Esta no es una cuestión meramente académica. La liberación de la mujer de la opresión y el sufrimiento depende de encontrar medidas que corrijan la raíz del mal. Si la enfermedad fuera alimentada en vez de combatida, su fin será doblemente terrible.

La Esperanza de la Salvación

El apóstol Pablo no abandona a la mujer con una indicación de que su miseria es autoinflingida. La promesa de viene del altisimo “Pero la mujer… se salvará” (vv 14-15). Este no es un texto sobre la remisión de los pecados, sino de la liberación del sufrimiento y opresión relacionados con el pecado. La mujer triunfará sobre la miseria y la maldición bajo la cual ella es mantenida por fuerzas malignas.

Pero ¿Como las mujeres se salvarán? ¿Por su adhesión a organizaciones militantes que exigen derechos iguales a los de los hombres? ¿Probando que las mujeres pueden “actuar” en el mundo de los negocios, política, deportes y hasta en el pastorado? ¿Escapando de casa, donde ella estaba sepultada en oscuridad y donde tantos males han sido perpetrados por maridos abusivos? ¡Nunca! ese abordaje solamente institucionaliza su rebelión contra la posición que Dios le dio.

Su camino para la verdadera salvación fue dictado por el Todopoderoso. Es la maternidad. “Se salvará dando a luz hijos” (v.15). La primera promesa del evangelio fue dada antes que cualquier maldición fuese pronunciada sobre el hombre o la mujer. Y la promesa maravillosamente envolvía los medios de la maternidad. “Y pondré enemistad entre ti (la serpiente) y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya, esta te herirá en la cabeza y tu le herirás en el calcañar” (Gen. 3:15). Dios, nuestro creador, no permitiría que la raza humana pereciese. Ahora que Adán y Eva pecaron y el paraíso fue quebrado, la única esperanza era el propio Dios. “Yo haré” es el mensaje de la gracia. Un medio fue mencionado como el curso instrumental de salvación de las garras del diablo. Fue embarazarse. La liberación viene, no a través de esfuerzos de formación vocacionales del hombre en el mandato cultural, sino a través de la fertilidad de la mujer. Cuan erradas están las mujeres cuando imaginan que su esperanza está en imitar las carreras de los hombres. En cuanto ellas abandonan la maternidad por el escritorio y por la fábrica, ellas desprecian los medios cuidadosamente establecidos por Dios para quebrar el yugo del Diablo y huir de las miserias que el infringió.

Es a la mujer, y no al hombre, que Dios atribuyo esa vocación. Pero la esperanza no se identifica con su habilitad política, con su perspicacia en negocios, o su activismo social. ¡Es en la fertilidad! Las mujeres actuales están ansiosas de abandonar la “mera” maternidad por duplicar los trabajos masculinos. Como es trágico, cuando la esperanza que Dios dio a la mujer y a toda nuestra raza está ligada al embarazo. Por supuesto, la atención central de Génesis 3:15 esta sobre una semilla de mujer, Jesucristo. Aquel que nació de la judía, María, sacó el decisivo golpe mortal en la cabeza de la serpiente en el Calvario. El compró la salvación para todos los que son redimidos

Sin embargo, incluso antes de Cristo venir, una simiente piadosa de la mujer fue establecida contra las fuerzas satánicas. La fertilidad preparó el camino del Señor. Cuando se proponía levantar límites poderosos, Jehová Dios, muchas veces buscaba peculiarmente mujeres capaces. Jocabed, la madre de Moisés; Ana, la madre de Samuel; la esposa de Manoa, madre de Sansón, son ejemplos eminentes. A través de la fertilidad de ellas, el curso de la historia fue maravillosamente alterado. Desde que Cristo vino, la simiente piadosa lleva el evangelio a toda la tierra para reunir a los electos de Dios y apresurar la venida de Cristo. Suscitar una simiente piadosa es aun de la más más profunda importancia para la causa de Dios en la tierra.

Adán vio inmediatamente que la más profunda obra de todos los tiempos -la obra de la gracia de Dios- está directamente relacionada con la maternidad. Apreciando el propósito de Dios, “llamó Adán el nombre de su mujer Eva; por cuanto era la madre de todos los vivientes” (Gen. 3:20). Hoy, por medio de anticonceptivos y abortos, las mujeres pueden evitar la “incomodidad” de tener hijos. Utilizando esos recursos, ellas están libres para procurar lo que ellas creen que son llamados más nobles y más elevados. ¡Qué alivio para las fuerzas de las tinieblas!. Nada daña más la causa del pecado como la fertilidad piadosa.

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