El cura y don Camilo – Juan C. Varetto


Cierto cura párroco predicaba muy frecuentemente contra los evangélicos, o malditos protestantes, como él los llamaba. Casi todos los domingos dejaba oír una descarga, más o menos en estos términos:

«Estos que se llaman evangélicos discípulos de Lutero, de Calvino y de otros herejes condenados por la santa madre iglesia; se han rebelado contra la autoridad del santísimo padre, el papa, y enseñan que la fe solamente basta para salvarse; que las obras no son necesarias, y que aunque el hombre sea un malvado, y hasta un criminal, teniendo fe no necesita otra cosa.»

También hacia repartir entre sus feligreses periódicos de propaganda católica en los que se decía la misma cosa que él afirmaba  desde el púlpito.

Don Camilo, un hombre muy sensato que frecuentaba siempre la iglesia, al oír hablar al cura de este modo, pensaba dentro de sí, y se decía «Parece increíble que los evangélicos enseñen una doctrina tal, la cual les llevaría al más completo relajamiento y abandono. Yo conozco a varios que pertenecen a esa iglesia, y los hallo muy sincero, escrupulosos, alejados de todo vicio y honestos. No puede ser que predique que el hombre se puede salvar solamente teniendo fe aunque sea un malvado.»

Una vez que la duda entró en él, continuó pensando, y para aclarar este punto que ya le preocupaba seriamente fue a consultar a un creyente evangélico a quien conocía. Cuando Don Camilo expuso el objeto de su inesperada visita, tomaron asiento, y después de expresar el placer que tenía al hallarse hablado con un hombre no dispuesto a prestar crédito a cualquier cosa que se oye, y a averiguar por sí mismo la verdad de las cosas, el evangélico se expreso de esta manera:

-Debo decirte en primer lugar que sobre esta doctrina somos calumniados por unos y mal entendidos por otros. No me extraña que el cura párroco diga cosas inexactas, porque esto hacen los hombres más eminentes del catolicismo cuando hablan en contra de nuestras creencias sobre la fe y las obras. La Biblia enseña que todos los son hombres son pecados y que por lo tanto están privados de la gloria de Dios. Esto también lo sabemos por experiencia, pues vemos como el hombre es fácilmente arrastrado al mal camino, y cuanto tiene que luchar consigo mismo si se propone hacer el bien y vivir en completa rectitud.

Esta debilidad, que nadie puede negar, imposibilita al hombre a hacer lo necesario para salvarse. Si una buena acción representa un paso hacia el cielo y una mala un paso para atrás resulta que cada día nos hallamos más lejos del lugar a donde nos dirigimos porque nuestras faltas son muchas y nuestras virtudes pocas.

Viendo Dios nuestro estado miserable y compadeciéndose de nosotros mando a su Hijo unigénito al mundo para que por medio de su muerte quedase hecha la obra de la redención, y una vez así consumada, Cristo mandó, después de resucitar, que se predicase en su nombre la remisión de pecados. Cuando San Pablo habló a los judíos en la sinagoga de Antioquia de Pisidia, les dijo así:

«Seaos pues notorio, varones hermanos, que por este os es anunciada, remisión de pecados; y de todo lo que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en este es justificado todo aquel que creyere.» Hechos 13:38,39.

Si el pecador pudiera salvarse por medio de sus obras no hubiera sido necesaria la muerte de Cristo. Guardando los mandamientos podría salvarse, pero como esto no es así, fue necesario que Cristo muriese en la cruz para ofrecer gratuitamente al hombre la salvación que por sus esfuerzos nunca hubiera podido conseguir.

Esta es la verdad gloriosa que proclaman a una sola voz todos los escritores del Nuevo Testamento. Nosotros no somos discípulos de Lutero ni de Calvino; somos discípulos de Cristo. Esos dos hombres predicaron la salvación por la fe, pero no inventaron ellos esa doctrina sino que la hallaron en las Sagradas Escrituras, como nosotros la hemos hallado, y como pueden hallarla todos los que quieren obedecer a Dios antes que a los hombres.

-Me parece que voy comprendiendo algo- dijo Don Camilo

El evangélico tomó la Biblia que estaba sobre su mesa, y abriéndola en las Epístolas de San Pablo, leyó a su interlocutor el siguiente pasaje:

«Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no es de vosotros, pues es don de Dios… no por obras para que nadie se glorié» Efesios 2:8-9

Al leer este famoso pasaje dio énfasis especial a las palabras «para que nadie se glorié» y don Camilo, como alumbrado por un rayo de luz celestial exclamó:

-¡Ahora caigo! Veo la poderosa razón que da San Pablo en defensa de su tesis. En efecto, si uno pudiese salvarse por sus obras tendría de qué gloriarse.

-Sí, respondió el evangélico, y figúrese lo que sería el cielo si cada uno de los que entran en aquella mansión pudiese orgullosamente decir «yo estoy aquí porque lo merezco.» La gloria no sería dada a Cristo, sino que cada cual se la daría a sí mismo. Es por esto que Dios en su sabiduría ha dispuesto que el creyente sea salvo «no por obras».

-¿Qué lugar tienen entonces las buenas obras en la vida cristiana? – Pregunto entonces Don Camilo.

-Permítame que le conteste leyendo el versículo que sigue a los que acabo de leer. Dice así:

«Porque somos hechura suya, criados en Cristo Jesús para buenas obras» Efe 2:10)

Estas palabras nos enseñan que el creyente ya salvado no por obras ha sido criado en Cristo Jesús para buenas obras. De modo que la doctrina bíblica es esta: el pecador no puede salvarse por sus obras y por eso debe aceptar la obra de Cristo. Pero una vez que la haya aceptado, y por la fe este reconciliado con Dios, hará buenas obras debido a que la nueva naturaleza que ha recibido de Dios. La Iglesia Romana enseña que hay que hacer buenas obras «para salvarse.» La Biblia enseña que hay que hacer buenas obras «porque estamos salvados.» La fe es la planta; las obras son el fruto.

-¿Y si uno tiene fe y no tiene obras podrá salvarse? -Pregunto don Camilo.

-Usted supone un caso que no existido, que no existe y que no existirá jamás. Así como es imposible hallar agua que no moje o fuego que no queme, es imposible hallar fe verdadera que no vaya acompañada de buenas obras. El que dice que tiene fe y no tiene obras es un hipócrita, y, con seguridad, no podrá salvarse.

-He oído decir al cura que Santiago ha dicho que la fe sin obras es muerta.

-Es verdad, contestó el evangélico, y nosotros estamos completamente de acuerdo con esa verdad. Pero hay que tener en cuenta que Santiago, al decir que la fe sin obras está muerta, no se refiere a la fe viva y salvadora que necesariamente va acompañada de buenas obras, sino de esa creencia vaga y fría que consiste en admitir la existencia de Dios. Esa creencia común, general, que los mismos demonios tienen, evidentemente no da al hombre la salvación, pero le da la confianza viva en la obra de Cristo. Por eso dijo el Señor:

«El que cree en el Hijo tiene la vida eterna» Juan 3:36.

-¿De manera que ustedes creen que el hombre esta salvado desde el momento en que deposita su confianza en Cristo y que después empieza a hacer buenas obras?

-Eso precisamente. Y ya que es cosa muy distinta a creer que cualquiera se salvará con solo creer, aunque sea un malvado.

Don Camilo comprendió ese día la relación que hay entre la fe y las obras, y desde entonces tuvo muchas discusiones con el cura, y cada día quedaba más convencido de que, o por malicia o por ignorancia, los evangélicos eran vilmente calumniados. Se dedico desde entonces a leer el Nuevo Testamento y por medio de su preciosa lectura llego a conocer a Cristo como el Salvador de su alma. Dejó del todo de asistir a la misa y empezó a frecuentar los cultos evangélicos donde cantaba con todo el fervor de su alma, aquel himno que dice:

«A todas mis obras las llamo tinieblas,

al lado de Cristo, torrente de luz:

Mi gloria pasada es hoy mi vergüenza,

Y entierro mi gloria al pie de la cruz.»

 

Juan C. Varetto

 

Nota: Este texto fue incluido en “La Voz Bautista” en el ejemplar de marzo de 1922.

Daniel

Pastor de la Iglesia Bautista Reformada de Valparaíso. Egresado del Seminario Teológico Bautista de Santiago. Casado con Ester Riquelme y padre de Maite.

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