La Primera Guerra sobre la adoración entre los Bautistas Parte 3 – Jeff Robinson


¿Por qué Keach se defendió tan rígidamente cuando comenzaron a sonar los disparos entre los miembros de la iglesia sobre el canto congregacional? Keach se había convencido de que el canto era una ordenanza sagrada de Jesucristo y, como escribió Crosby, “trabajó fervientemente con mucha prudencia y precaución, para convencer a su gente de eso.” Keach creía que la “falta de la presencia de Dios” en las iglesias era, en parte, debido a “la negligencia de este gran deber” del canto colectivo. En la recuperación de la ordenanza, Keach se vio claramente a sí mismo fomentando la reforma con la Sola Scriptura, como el principio orgánico de su doctrina sobre la adoración colectiva.

«La Reforma, evidentemente, es un trabajo arduo y difícil, y siempre lo fue, y no es nada fácil restaurar las ordenanzas perdidas, quiero decir, como lo han sido por muchos años descuidadas, y extrañamente corrompidas, a través de esa oscuridad anticristiana que ha sido, por tantas épocas y generaciones, esparcida sobre la tierra… Debo confesar, yo mismo, cuando primeramente Dios me iluminó en su verdad, era un opositor de esta sagrada ordenanza; pero no fue por falta de ignorancia, y en parte por medio del prejuicio, quizás a aquellos que estimo, y por haber siempre considerado desde ese entonces, a personas corruptas falsas en sus constituciones eclesiásticas, y haber contaminado con invenciones humanas, o invenciones del hombre: el abuso de una ordenanza esta sujeto a elevar los espíritus de los hombres a una aversión del asunto en sí. Pero, bendito sea Dios, he sido, durante cerca de veinte años pasados, plenamente convencido de la verdad de la ordenanza que ahora sostengo, y tengo la misma estima por ella, (por gracia) que, por cualquier otra Verdad, sabiendo que toda Palabra de Dios es pura; y no he encontrado ninguna pequeña comodidad en la práctica de esta, tanto públicamente en la iglesia, como también en privado.»

Keach no mantuvo su opinión tan solo en lo abstracto; él escribió y publicó himnos durante la mayor parte de su adultez, escribiendo más de 500 canciones, de las cuales 300 él publico en un himnario de 1691 titulado: Melodía Espiritual. Keach estaba tan convencido de que las Escrituras regulan exhaustivamente la adoración, y de que sus himnos son impactados por del lenguaje, categorías y teología de la Biblia. El contenido de sus canciones refleja los temas y las partes de la Biblia, así como su sustancia y su peso. Los títulos están adaptados de manera trinitaria e incluyen “Dios es comparado con un alfarero”, “Dios nuestro refugio”, “Cristo nuestro mediador”, “Cristo una garantía”, “Espíritu un consolador”, “No aflijas al Espíritu”, “La Palabra una espada”, y “La Escritura de autoridad divina”. En la introducción a su himnario, Keach demuestra su absoluta confianza en la Palabra de Dios como la espera que sus himnos sean “(…) de uso para el lector, que todos sean congruentes con la Palabra de Dios, y de acuerdo con la analogía de la fe.” Keach, como los bautistas de su época, estaba prisionero de la Palabra.

Al desenterrar el mandamiento del canto congregacional, los textos cruciales para Keach eran Colosenses 3:16 y Efesio 5:19-20 que hablaban de “Salmos, himnos y canciones espirituales” e instaban a “cantar y hacer melodía en tu corazón al Señor”. El principal motivo de su argumento, como se dijo anteriormente, era que el canto de Salmos, himnos y canciones espirituales era una Santa ordenanza de Dios, una parte permanente de la adoración del Evangelio. Contrariamente a Marlow, Keach vio los dos textos anteriores, que por sí mismos proporcionaban un mandato al canto, cuando el cuerpo de Cristo se reunía para adorar. Sin embargo, su argumento estaba completo y no limitado solamente a dos textos. Para Keach la introducción de himnos congregacionales fue un “avance en la gloriosa obra de la reforma” y el gran pastor/teólogo llegó a su conclusión a través de una hermenéutica profundamente diferente a la de su oponente.

Además de encontrar una amplia evidencia de su tesis en el Nuevo Testamento, Keach interpretó el Antiguo Testamento dentro de su propio contexto redentor histórico para añadir un peso significante a su caso. Así, mientras Keach veía claramente que las sombras y tipos del Antiguo Testamento finalmente y plenamente encontraron su plenitud en el Hijo de Dios, él vio correctamente la adoración del templo como un tipo de adoración que se llevaría a cabo más completamente bajo el nuevo pacto; a diferencia de Marlow, Keach se dio cuenta de que el canto no era un ejercicio meramente interno, ni que fue abrogado por el advenimiento de Cristo. El canto de Salmos y de himnos fue “una ordenanza de la práctica de los Santos antes de la ley, durante la ley, y bajo el Evangelio.” Ese canto fue practicado antes de que la ley fuera evidente desde Éxodo 15:1-2; donde Moisés y los hijos de Israel cantaron al Señor. Bajo la ley, la Escritura da una multitud de instancias en las que Dios fue adorado a través de cantos: tales como los Salmos de David, y en los ejemplos de Ezequías, Asaf y Nehemías. Bajo la dispensación del Evangelio, Keach señala las canciones de Zacarias y Elizabeth, el canto de Simeón y María, madre del Señor, las alabanzas de Pablo y Silas, y finalmente a Cristo mismo, quien cantó un himno después de la celebración de la cena del Señor. El último texto (Mateo 26:30) señaló su posición como una ordenanza de Cristo. Dijo Keach, además, que si los ángeles cantaron en la creación como Job 38 declara, entonces es el deber de los hombres cantar, porque cantar es un acto de adoración divina y una expresión de gozo. El canto de los Salmos, himnos y canciones espirituales se practicó a lo largo de la historia redentora y nunca fue abrogado en el nuevo pacto.

Keach sondeó la misma línea canónica en el establecimiento de su caso para demonstrar que tal canto es una ordenanza del Evangelio. El señaló los ubicuos imperativos en ambos Testamentos que mandan al rebaño de Dios a “cantar en voz alta al Dios de nuestra fuerza,” a “cantarle Salmos a Él y hablar de sus obras maravillosas,” y “vengan, cantemos al Señor; hagamos un ruido alegre a la roca de nuestra salvación.” El Espíritu Santo, que escribió las Escrituras, requiere que los miembros de la iglesia del Nuevo Testamento participen en canciones corporativas debido al gran número de mandatos bajo ambos convenios, él dijo.

Keach destruyo otros argumentos de Marlow durante el transcurso de La Brecha Reparada, dedicando un apéndice a responder a sus objeciones. Aquí, Keach afirmó que cantar alabanzas a Dios en el Antiguo Testamento no era una ceremonia que había muerto, sino un deber moral que continúa. Keach mostró una consistencia y fuerza en su compresión de la Escritura al mismo tiempo en que demostraba la inconsistencia interna del caso de Marlow. Por ejemplo, Keach argumentó que, si el canto era una mera ceremonia cumplida en Cristo, entonces “bien podría decirse que la oración fue, una ceremonia, porque hubo varios ritos ceremoniales utilizados en la ejecución de esta, particularmente la del incienso.”

«¿No cantó Cristo un himno después de la Cena? ¿Habría dejado eso como un patrón para nosotros, y lo habría anexado a una ordenanza Evangélica tan pura, si hubiera sido una ceremonia, y solo perteneciera a la adoración judía? ¿O el Apóstol Pablo habría dado, por la autoridad del Espíritu Santo, tal precepto a la iglesia de Colosas para cantar Salmos, y etc., a quienes él se esfuerza tanto para despegar de los ritos, los días y las ceremonias judías? Si el canto de Salmos, himnos y canciones espirituales hubieran sido una ceremonia judía, él no lo habría hecho así. Esto es suficiente para convencer a cualquiera persona sobria e imparcial de que   cantar alabanzas a Dios es un deber evangélico; y que no pertenecía a los judíos, en los días del Antiguo Testamento.»

 

Keach también refutó el argumento de Marlow contra el canto de los Salmos. Dado que 2 Timoteo 3:16 enseña que toda la Escritura es inspirada por el Espíritu Santo, “entonces el libro de los Salmos” esta inspirado de la misma manera “para instrucción, por medio del canto de los Salmos también”, escribió Keach, además, “¿Puedes decir ahora que no nos sirve? Con respecto a la preocupación de Marlow por usar “composiciones humanas” en la adoración a Dios, Keach comparó el canto de himnos con la predicación: ambos fueron elementos de adoración divinos, ordenados con el contenido de ambos igualmente gobernados por la Palabra. El contenido de un sermón “debe ser agradable y congruente con la palabra de Dios…desde allí, o si no es “humano”. De la misma manera, “en la compilación de los himnos, debe ser en cuanto a la materia, la Palabra de Cristo.” Keach demostró la manera reduccionista de la definición de Marlow de la esencia del canto: la adoración no en palabras habladas, sino en el corazón; argumentando que una voz melódica debería de ser añadida para una expresión de gozo apropiadamente llamada: canto. Keach demostró cómo la espiritualización de un elemento de culto claramente prescrito conduce a una abolición similar de todas las demás.

“Nuestros sermones ya no son hechos por nosotros en la Palabra de Dios como lo son nuestros himnos, y tenemos la misma dirección en ambos casos importantes; y debo decirte, esta manera de argumentar que tú usas es suficiente, si la gente lo observa, para derrocar todas las adoraciones y ordenanzas visibles, a menos que podamos hacer que aparezca, que tuvimos la ayuda extraordinaria inmediata del Espíritu en el desempeño de ellos. Lejos, dice uno, con tu predicación carnal y humana, esta es una forma inventada y hecha por el Arte, ¿llamarás a esto predicación del Evangelio? Los Apóstoles hablaron al ser movidos por un poderoso Espíritu dentro de ellos; debes predicar por inspiración inmediata y no por sermones pre-compuestos, de lo contrario, entonces, tus sermones son formales. De esta manera abres una puerta para el Cuaquerismo, y lanzas obstáculos de tropiezo ante los débiles: te invito a que lo consideres.”

 

Marlow y otros habían argumentado que los Salmos, los himnos y las canciones espirituales eran tan solo tres títulos para los Salmos. Sin embargo, Keach respondió preguntando cómo deberían clasificarse las canciones de Moisés, Deborah, Isaías, Habacuc, Simeón, Zacarías y María.

En cuanto al miedo de Marlow de que el canto congregacional incluyera las voces de los no cristianos, Keach señaló que había incrédulos en la iglesia de Corinto y que cantar alabanzas a Dios es un deber moral que se requiere de cada ser humano que Dios ha creado para el propósito distintintivo de su propia gloria. En cuanto a la prohibición de que las mujeres hablen en la iglesia, Keach afirmó que, si la opinión de Marlow se mantiene, entonces las mujeres no pueden dar cuenta de su conversión ante la iglesia antes de ser admitidas para la membresía de la iglesia. Keach hace una breve exposición de la interpretación tradicional de I Timoteo 2:13, que muestra que las mujeres no deben usurpar la autoridad masculina en la iglesia. Sin embargo, cantar no es afirmar autoridad y liderazgo y las mujeres deben participar porque es un deber moral ordenado por todas las personas (no solo por aquellos que exhiben un don divino para hacerlo como argumentaba Marlow), ya sea hombre o mujer. El texto no prohíbe por completo a las mujeres hablar ante la congregación. Además, Keach permitió que, si el canto de himno es una ordenanza y que a una mujer se le prohíbe, también debe ser excluida de todas las ordenanzas dadas por Dios, una posición sin precedentes en la historia de la iglesia.

En su apéndice a la Brecha Reparada, Keach resume las opiniones de su oponente como “peligrosas y perniciosas.” Él supone que no es difícil ver que Marlow y los de su campamento tienen una “mala causa en la mano” y que Marlow no razona como un cristiano sabio y comprensivo.”

Para resumir, ambos hombres intentaron construir su caso a partir de las Escrituras. Sin embargo, Marlow y Keach estaban tratando desde diferentes plataformas hermenéuticas. Marlow empleó una compresión defectuosa del Antiguo Testamento y utilizo una compresión literal de los textos y, por lo tanto, presentó argumentos débiles y defectuosos. Keach vio el terreno bíblico a través de un lente interpretativo mucho mas claro, uno que era fiel a la analogía de la fe y los principios históricos de interpretación. Debido a esto, Keach ganó el día y de hecho reparó una brecha significativa en la adoración de Dios.

 

El Resultado

Tanto Keach como Marlow solicitaron un debate público sobre el tema y durante un breve periodo a principio de la década de 1690, parecía que tal concurso podría tener lugar. Sin embargo, cualquier esperanza de un debate desapareció cuando los dos hombres llegaron a un punto muerto sobre las reglas que gobernarían dicho concurso. Keach y Marlow intercambiaron varias cartas cortas durante varios meses y ambos llegaron a nombrar a cuatro “hermanos” cada uno que se reunirían y examinarían sus obras escritas sobre el canto de himnos. Sin embargo, esto dejo a Keach y Marlow en desacuerdo cuando Marlow exigió que Keach tachara a William Collins de su lista de personas designadas porque Marlow sentía que Collins lo había calumniado en el curso de la controversia.

Por 1696, el furor por el cantar himnos entre los dos Bautistas particulares había terminado. Ese año, Marlow distribuyó “La Controversia del Canto Llegado a su Fin” en la que admitió que el canto de algún tipo se enseñaba en las Escrituras; sin embargo, el canto congregacional, en su mente, no lo era. La voz podía cantar, pero no en la iglesia con otros. Como concluye David A. Copeland, este fue el argumento del Bautista general, no de los Particulares. Para Marlow había una clara diferencia en el improvisado canto solista y en los himnos alineados cantado por una congregación que está de acuerdo. Muchos peligros, sentía Marlow, eran inherentes a esta práctica. Pero, si uno pudiera elevar la voz como solo a Dios el siguiente paso lógico sería un esfuerzo grupal para cantar alabanzas. No importa que argumento Marlow clasificó, Keach había ganado. Mientras que 22 miembros de su iglesia se fueron, docenas permanecieron. Y a pesar de que un poco más de veinte iglesias aceptaron cantar himnos al comienzo de la controversia, la mayoría de los líderes de las iglesias particulares Bautista de Londres se pusieron de parte de Keach, incluidos tan venerables como Hanserd Knollys y Hercules Collins. Marlow había empleado una línea de argumentación utilizados por los Bautistas Generales para prohibir el “canto promiscuo” de los creyentes con los incrédulos. Los Bautista Generales también se opusieron al uso de “formas establecidas” y su Asamblea General de 1689 se sorprendió al descubrir que algunas iglesias estaban cantando Salmos métricos “compuesto por un señor Barton” y advirtió a la denominación contra tales “formalidades carnales.” De manera similar, el argumento de Marlow se atasco en el juego etimológico de mano, una mala traducción y una desconcertante hermenéutica en general.

Una vez que ceso la controversia pública entre Keach y Marlow, la congregación siguió su propio curso. Los cantantes de himnos rápidamente ganaron terreno, ofreciendo pruebas sustanciales de la victoria de Keach, que tanto le costó ganar. A fines del siglo XVII, el uso de himno se había convertido en una parte generalmente reconocida del culto público entre los Bautistas, ya que aceptaron la recuperación de la práctica por parte de Keach como cayendo dentro de los parámetros de la adoración bíblica. La iglesia separatista en Maze Pond mantuvo su resistencia al canto congregacional durante el primer tercio del siglo XVII. Pero en 1736 el cuerpo adoptó el canto congregacional cuando el pastor al que llamó se negó a venir a menos que la iglesia aceptara reformar su práctica a favor del canto corporativo. Los defensores del canto de himnos congregacionales ganaron un importante aliado en 1707 cuando un pastor congregacionalista de Londres llamado Isaac Watts publico sus himnos y canciones espirituales. Watts estableció el patrón para el florecimiento de la himnodia inglesa durante el próximo siglo.

En 1742, la victoria de Keach llegó a las costas del nuevo mundo cuando la asociación de Filadelfia adoptó una confesión de fe que era prácticamente idéntica a la segunda confesión de Londres, escrita por Benjamin Keach y su hijo Elías. Además de un artículo sobre la imposición de manos, la nueva confesión incluía un artículo sobre canto de himnos. La redacción tiene un timbre familiar:

Creemos que (Hechos 16:25, Efesio 5:19, Colosenses 3:16) cantar la alabanza de Dios, es una ordenanza sagrada de Cristo, y no una parte de la religión natural, o un deber moral solamente; pero que es traído bajo la institución divina, se ordena a la Iglesia de Cristo cantar Salmos, himnos y canciones espirituales; y que toda la Iglesia en sus asambleas públicas, así como también los cristianos privados, deben (Hebreo 2:12, Santiago 5:13) cantar las alabanzas de Dios según la mejor luz que hayan recibido. Además, se práctico en la gran iglesia representativa, por (Mateo 26:30, Mateo 14:26) nuestro Señor Jesucristo con sus discípulos, después de haber instituido y celebrado la sagrada ordenanza de su Santa Cena, como un símbolo del amor redentor.

 

Conclusión

Lo que surgió de la controversia en general y del trabajo de Keach en particular fue una comprensión de la adoración entre los bautistas que eran más fieles a las Escrituras. Las congregaciones unieron sus voces juntas en Salmos, himnos y canciones espirituales con plena seguridad de que lo que estaban haciendo era adorar a Dios como Él mismo había establecido en la Santa Escritura. El ex profesor de música de la iglesia del Seminario del Sur Hugh McElrath, quien tuvo poco uso de los argumentos bíblicos de Keach para la inclusión de himnos en la adoración corporativa, sin embargo, caracterizó adecuadamente la venerable contribución del pastor/teólogo a la vida Bautista y evangélica:

«A Benjamin Keach se le puede agradecer no solo por los bautistas, sino por los cristianos en general por el privilegio a menudo menospreciado, de sostener un himnario en la mano y cantar alabanzas y oraciones en la congragación de los santos.»

Autor: Jeff Robinson

Traductora: Melva Layne

 

Original:

Keach and Hymn Singing: The First Worship War Among Baptists, Part 3

Franco

Miembro de la Primera Iglesia Bautista de Quilpué. Titulado de Analista Programador Computacional. Estudiante de Teología del Seminario Teológico Presbiteriano Rev. José Manuel Ibañez Guzmán. Padre de Benjamìn Caamaño

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