El Tratante de Perlas – W.E.D.


Si se ofreciera a un niño, un mono de estos que bailan al tirarles una cuerda y, al mismo tiempo un billete de cien pesos, y se le dijera que escogiese para sí uno de los dos ¿Cuál escogería? Es propio del niño escoger lo vistoso, el juguete; es propio del sabio escoger lo valioso.

“El reino de os cielos es semejante al hombre tratante… que hallando una preciosa perla fue y vendió todo lo que tenía y la compro” ¿Quién es este comerciante? Es el Hijo de Dios, el dueño de los astros, el amo de los ángeles, el gobernante de los mundos. Fueron estas las perlas que él se había adquirido.

El año pasado, por un invento del Sr. Michelson de Chicago, E.U.A., se ha logrado, por la primera vez en la historia, medir el tamaño de las estrellas. Betelgueza el astro rojizo al norte de “Las Tres Marías” reveló un diámetro de 384 millones de kilómetros. Para darnos cuenta de su grandeza imaginemos un viaje. En un tren expreso que viaja a razón de 67 kilómetros por hora podríamos pasar alrededor de la tierra y llegar al punto de partida en 25 días. En el mismo tren llegaríamos a la Luna en 8 meses. Deteniéndonos allí para dar la vuelta alrededor de la Luna tardaríamos solamente allí, una semana. Siguiendo el viaje al Sol llegaríamos en 250 años. El dar la vuelta alrededor del Sol nos costaría 10 años. Bien, pues Betelgueza está tan distante que el viaje a ella nos costará miles de millones de años, y es tan grande que para que nuestro tren pase alrededor de ella y vuelva al punto de partida se necesitaría dos mil años, y eso sin detenernos a mirar el paisaje.

Fue esa una perla de las que él poseía. Y es solamente en conjunto con un sin número de semejantes joyas, cada una de su propio tamaño, color y otras cualidades. Buscando buenas perlas, el Hijo de Dios las consiguió, pero hallando una más preciosa todavía las vendió todas y la compró. ¿Y qué era la perla preciosa? Un día caminaba por la orilla de una caleta y viendo allí unos hombres descalzos pescando, se detuvo, su espíritu se sacudió y se dijo: “La he hallado. He hallado una perla que vale más que los juguetes de los astros”. Otro día en la calle de una ciudad una pobre desgraciada daba alaridos. Hombres malos se habrían apoderado de ella para explotar su desgraciada locura. El tratante dijo al agente que había enviado en busca de la perla “La hemos hallado. Esa es mi perla que vale más que mil soles. Su precio ya lo he pagado. Échala en mi bolsa” Y Pablo libertó a la doncella del espíritu demoniaco y de sus amos diabólicos.

Para el Redentor, pues, antes de venir a este mundo ¿Qué era lo que le movió a venir? Buscaba buenas perlas. Pensó en el hombre corrompido, en el joven tentado, en la niña ambiciosa, en el niñito inocente, y se dijo: “Estas son las perlas más preciosas, en comparación con las cuales todo lo que poseo son juguetes. ¿Qué daré en precio? Si fuera posible comprarlas vendiendo mis posesiones todas, lo haría. Pero eso seria un precio ridículamente pequeño. Mi propia vida, tan querida daré, pues es el único precio adecuado.

“El reino de los cielos es semejante al hombre tratante” ¿Quién es este hombre tratante. Es el Cristiano. Es el que ya ha sido rescatado. ¿Cuáles son las perlas que busca? Tal vez son, su propio bienestar, sus propias preocupaciones. Pero el que una vez ha conseguido ver salvado a su amigo o vecino por medio de sí mismo, se ha dado cuenta de que las otras preocupaciones han sido nada más que juguetes y que esta es la preciosa perla. ¡Qué negocio tan irrisorio el hallar y comprar esta clase de joyas. Participa el negociante de este gozo que conmueve a los ángeles y al Señor por un pecador que se arrepiente.

“El reino de los cielos es semejante al hombre tratante” ¿Quién es este hombre tratante? Es el humano que siente el pecado abrumador, es el débil hambriento que se encuentra en este mundo a la merced, es el que en rumbo siempre incierto su vida recorre. ¿Qué perlas ha encontrado? Un placer efímero. El goce de una influencia en un círculo crecido de amigos y del respeto de la vecindad. Un caudal con la misma comodidad que brinda, pero a la cual siempre algo hace falta. Habiendo conseguido estas y otras perlas, todavía uno anhela algo que sea de más valor. Ha hallado que el arco iris que iba a alcanzar ha pasado más allá. ¿Qué pues es el sumo bien deseado, la perla de sumo valor? La parábola, dice, que el que buscaba dio con ella al fin, y se regocijo tanto del hallazgo que dio por ella todas las antiguas perlas que había conseguido. ¿Y era? El Salvador. Andrés era un tal tratante que encontró la perla y fue corriendo a casa diciendo: “La hemos hallado”. Abandono las redes, los siervos, sus padres, la casa para apoderarse de ella.

Se regocijo así en el día del encuentro, porque supo que la perla era de valor. Pero después de años comprendió que valía infinitamente más de lo que creía al principio. El niño que encontró la piedrecilla trasluciente de la ostra que comía, la creyó tan bonita y la guardó en su bolsillo, pero no supo que era de gran valor hasta el día cuando el joyero amigo visitó la familia y le dijo que era un perla, y eso una de las mejores.

Cristóbal Colón, cuando descubrió la isla de Walting, lloro de gozo y dio gracias a Dios aunque era un isla de solamente 10 kilómetros por 20. Le encanto el cerro y la montaña y la laguna y los pájaros y los moradores. Pero ¿Qué sabia él entonces de las riquezas del continente aquel día descubierto? Más de cuatro siglos han pasado. Exploradores han andado por todas partes descubriendo un rincón tras otro. Cada nuevo año ha traído a la luz un nuevo océano, un río, una cordillera, un volcán, un lago, una catarata, una veta de oro o de cobre, un yacimiento de salitre de guano o de hulla, nuevas especies de animales y pájaros: el cóndor, el huemul, el guanaco: nuevas razas de hombres, nuevos países con su llanuras anchas correteadas por miles de cabezas de ganado, otros con sus laderas cargadas de racimos, otros con sus montañas llenas de maderas fuertes y maderas finas, de árboles de que exudan medicinas y mieles, gomas y barnices, de árboles cuya corteza aumenta la belleza de la cabellera de las doncellas del país. Todas estas riquezas y muchas más no habían de revelarse sino por los años. No las soñaba Cristóbal Colón. Supo que había descubierto una islita agradable, sin embargo creyó que su hallazgo valía algo y que su duro viaje había sido pagado.

El ser humano que como Andrés halla su Salvador y que como Cristóbal Colón descubre una nueva tierra, el reino de los cielos, se regocija, pero ¿Cómo se regocijaría con razón mil veces sobrada si supiera los valores no soñados, que con los años ha de descubrir en aquel continente? Cada año le descubre un nuevo rincón. ¡Cuánto ha descubierto el anciano cristiano! ¡Cuánto consuelo en tristeza! ¡Cuánta fortaleza en pruebas! ¡Qué nuevo horizonte de la vida! ¡Cuánto valor en la muerte! ¿Llegará el día cuando nada quede para descubrir en el nuevo continente? O ¿seguirá el cristiano explorándolo siempre?

Esta es la perla de sumo valor que vale más que todas las demás juntas. Es propio del niño escoger lo vistoso, el juguete; es propio del sabio escoger lo valioso.

 

W.E.D.

 

Este artículo fue tomado desde el ejemplar de “La Voz Bautista” publicado en Mayo de 1922.

Daniel

Pastor de la Iglesia Bautista Reformada de Valparaíso. Egresado del Seminario Teológico Bautista de Santiago. Casado con Ester Riquelme y padre de Maite.

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