Una vez que sabemos que Dios es la única explicación de los orígenes, podemos confiar en que sólo Él llevará esta historia a su final de un modo que toda la gloria sea para Él.

Una de las marcas registradas de la era posmoderna es, como explicó uno de sus principales teóricos, la “incredulidad frente a las metanarrativas”. Este concepto refleja la sospecha posmoderna con respecto a cualquier explicación maestra de la realidad del mundo y de la experiencia humana. Sin embargo, el cristianismo bíblico es una narrativa maestra de principio a fin. El cristianismo bíblico no es una mera fe que implica verdades esenciales, sino que es la historia del propósito que Dios tenía de redimir a la humanidad y de que la gloria fuera para sí mismo. Esta narrativa se nos revela como una historia maestra global, tan inmensa como el cosmos y tan detallada como para incluir a cada átomo y molécula de la creación.

Aunque la era posmoderna ha rechazado la metanarrativa, la mayoría de los pensadores posmodernos aceptan el hecho de que la existencia humana sea esencialmente narrativa en lo que a nuestro conocimiento se refiere. Se trata de una perspectiva importante ya que es imposible hacer un relato de nuestra vida individual sin, para ello, utilizar la estructura de una historia. La resistencia posmoderna frente a una narrativa maestra es el temor de que dicha historia pueda conllevar una represión inherente. Pero el Evangelio cristiano es la narrativa más liberadora jamás oída y la Biblia no sólo presenta la historia como si se tratase de un mero relato de realidad que se deba poner junto a otros. Debemos entenderlo como la única y definitiva narración de los propósitos de Dios.

De hecho, el Evangelio cristiano es la historia a la que todas las demás narrativas tienen que rendir cuenta, es decir, que dependen de éste. Las Escrituras narran la historia en el desarrollo del plan y de los propósitos de Dios. Ese mismo Dios que se revela a sí mismo como soberano y santo —el único Dios verdadero— es el Dios que ha compartido, con toda generosidad, el conocimiento de sí mismo y los propósitos que tiene para con sus pecadoras criaturas.

“La Creación: El principio de la historia”

Toda cosmovisión y metanarrativa tienen un principio. Toda cosmovisión sin excepción debe hacer un relato de cómo llegó a existir el cosmos y debe responder a la pregunta en cuanto a su significado. La propia existencia del cosmos requiere una respuesta a esta pregunta, y ésta determina en gran medida lo que sigue en la narrativa.

La Biblia comienza con la declaración de que “en el principio, creó Dios los cielos y la tierra” (Gn. 1:1). La doctrina de la creación forma el punto de partida para que podamos entender el cosmos y saber cuál es nuestro lugar dentro de éste. La explicación directa de la Biblia en cuanto a la existencia de todas las cosas se remonta hasta la propia intención de Dios de crear el cosmos como teatro de su gloria. La Biblia rechaza toda forma de dualismo o politeísmo y señala al Dios de la Biblia como el único principio que explica el universo. Nada de lo que existe está fuera de su soberanía y su intención. El Dios de la Biblia crea ex nihilo (de la nada); no depende de ninguna materia preexistente ni tampoco está condicionado por una fuerza externa.

Como Creador, Dios se hace responsable de su creación. Asimismo, el Creador permanece directamente involucrado con su creación, gobernando todos los tiempos, lugares y autoridades. Ejerce su gobierno a través de una escrupulosa providencia que incluye, tal y como Jesús aclaró, hasta los pájaros del aire y los lirios de los campos (Mt. 6:26-28).

La Biblia también deja claro que el Creador se complace en su creación. Una vez creado todo lo que existe, declara que su creación es buena. Este veredicto sobre la creación es una refutación de cualquier cosmovisión que niegue la bondad de la creación o que difame al mundo material tachándolo de impuro. Al mismo tiempo, la Biblia condena cualquier adoración de la naturaleza que tenga ese fin en sí misma.

El momento en que son creados los seres humanos es el punto culminante de la narrativa de la creación. Dios acabó de crear todo lo que existe y coronó su creación al formar a los seres humanos como criatura singular hecha a su propia imagen (Gn. 1:26-27). La Biblia revela de una forma clara y sin ambigüedades que los seres humanos son criaturas especiales, las únicas que han sido hechas a imagen de Dios. Incluso cuando nos enfrentamos a los esfuerzos contemporáneos de destronar a la humanidad de una posición de privilegio dentro de la creación, la Biblia deja claro que los seres humanos están hechos precisamente a imagen de Dios, de modo que sólo nosotros, dentro de toda la creación, podamos conocer a Dios de un modo consciente y le glorifiquemos. Por tanto, la criatura humana ha recibido la capacidad de fabricar y manipular el mundo material. Dios concedió a los seres humanos la capacidad de cultivar la tierra, recolectar una cosecha y ejercer dominio sobre ella. Al mismo tiempo, Dios invistió a los seres humanos con una mayordomía crucial en lo que respecta a nuestra responsabilidad de usar, disfrutar y cuidar de la creación como un asunto perteneciente a esa mayordomía fundamental.

La Biblia también revela que el género es una parte de la bondad de la creación de Dios. Él creó a sus criaturas humanas en forma de varón y hembra, y les dio la responsabilidad de disfrutar de todos los demás seres que poblaban la tierra y de reproducirse dentro del contexto del matrimonio (Gn. 1:27-28). Asimismo, el matrimonio es parte de la bondad de la creación de Dios. Mientras otras criaturas se limitan a emparejarse, los seres humanos están llamados a entrar en el pacto del matrimonio por el cual un hombre y una mujer se juntan para formar una unión que complace a Dios.

El retrato bíblico del Dios creador es la prueba que muestra a un Dios de amor cuyo carácter se refleja naturalmente en su creación. El carácter amoroso de Dios está tejido en los hechos de su creación y de las criaturas dentro de la misma. La sustancia de la enseñanza bíblica se centra en la creación, por parte de Dios, del universo y todo lo que en él existe por el poder de su palabra. El producto de la actividad creadora de Dios es un universo de una variedad, complejidad y misterio aparentemente infinitos.

Así pues, la creación no es un hecho bruto sin significado. Su sentido se deriva del carácter y de la voluntad divina. Como teatro de la actividad redentora de Dios, la creación no es algo estático, sino que se va moviendo hacia esa meta establecida por decreto antes de la fundación del universo. Sin el conocimiento de la creación divina, quedaríamos a merced de nosotros mismos en lo que a discernimiento se refiere o con respecto al descubrimiento del propósito mismo de la existencia del mundo material y de los medios por los cuales llegó a existir.

Toda cosmovisión comienza con esta gran pregunta y debe rendir cierta cuenta de los comienzos. La cosmovisión naturalista insiste en que este relato de los orígenes debe limitarse integralmente a las causas y a los efectos naturales y materiales. Una cosmovisión semejante entra en colisión directa con la de la Biblia porque ésta no teme a la hora de dar alegaciones y explicaciones que digan que todo lo que existe debe su existencia absolutamente a Dios mismo (p. ej. Jn. 1:3).

Un aspecto interesante del análisis de la cosmovisión es el reconocimiento de que, en la mayor parte, todo lo que sigue está contenido dentro del relato de los orígenes. Una vez que sabemos que Dios es la única explicación de los orígenes, podemos confiar en que Él es el único que llevará esta historia a su final de un modo que dé toda la gloria.

 

 

Autor: Albert Mohler

Traducción: Iglesia Bautista de North Bergen

 

Artículo Publicado Originalmente por:

La cosmovisión cristiana como narrativa maestra: la creación