Agustín escribió La Ciudad de Dios como una apología en respuesta a aquellos que estaban acreditando a los cristianos la caída de Roma. Argumentaban que el cristianismo como religión debilita las culturas y las hace susceptibles de ser derrocadas por potencias extranjeras. Agustín argumentaba lo contrario: mientras que el fiel compromiso con el Dios de las Escrituras siempre ha traído consigo el florecimiento de determinadas culturas, el aumento de la rebelión contra Él siempre ha resultado en su caída. Dentro de estas culturas, Agustín reconoció que había dos tipos de ciudadanos: los de la Ciudad de Dios y los de la Ciudad del Hombre (también conocida como la ciudad de este mundo o la ciudad terrenal).

 

Una dicotomía necesaria

Agustín distinguió la Ciudad de Dios de la Ciudad del Hombre. Estas dos ciudades son sociedades organizadas con ciudadanos que se distinguen, respectivamente, por las normas por las que viven. Los ciudadanos de la Ciudad del Hombre viven según el estandar de la carne, mientras que los ciudadanos de la Ciudad de Dios viven según el Espíritu (cf. Gálatas 5:13-26). Agustín enfatiza que lo que finalmente distingue a las dos ciudades son sus amores: «Vemos entonces que las dos ciudades fueron creadas por dos tipos de amor: la ciudad terrenal fue creada por el amor propio hasta el punto de despreciar a Dios, la ciudad celestial por el amor de Dios llevado hasta el desprecio de sí mismo». (Libro 14, Capítulo 28).

Es importante enfatizar que, para Agustín, no hay doble ciudadanía – en otras palabras, cada miembro individual es miembro de una ciudad, y sólo de una ciudad. Agustín reiteró la enseñanza de Jesús de que mientras los cristianos viven en la Ciudad del Hombre, no pertenecen a la Ciudad del Hombre (cf. Juan 18:36). Su presencia en la ciudad terrenal es como la de los extranjeros que residen en un país extraño (cf. 1 Pedro 1:1-2). La Ciudad del Hombre no es nuestro verdadero hogar; más bien, nuestra ciudadanía está en el cielo (cf. Filipenses 3:20) y es a esa Ciudad Celestial a la que debemos nuestros afectos y nuestra lealtad final.

Como algunos han observado correctamente, los cristianos están en una situación muy similar a la de la iglesia durante el período de la Dispersión Asiria y el Exilio Babilónico. Seguimos siendo ciudadanos de Sión mientras permanecemos en una tierra extranjera y buscamos, en nuestras ocupaciones y conversaciones, permitir el florecimiento, tanto el nuestro como el de los que nos rodean. Como parte de nuestra meta de ayudar en el florecimiento de la tierra compartida por estas dos ciudades en competencia, la Ciudad de Dios necesariamente dice la verdad con audacia cuando se dirige a la Ciudad del Hombre

 

La crítica de Agustín se centra en la virtud

Algunos han interpretado las palabras de Agustín como una justificación para el abandono de los cristianos (y de una cosmovisión cristiana) de la esfera civil y política de la sociedad, pero esto sería una interpretación errónea de Agustín. Agustín creía firmemente que la bendición de la vida cívica aumentaría si la mayoría escuchara y aceptara los preceptos cristianos de justicia y virtud moral. Considere las palabras de Agustín en el Libro II, Capítulo 19 de La Ciudad de Dios:

Si los reyes de la tierra y todas las naciones, los príncipes y todos los jueces de la tierra, los jóvenes y las doncellas, los ancianos y los niños'[Salmo 148.11s], las personas de todas las edades y de cada sexo; si aquellos a quienes Juan el Bautista habló, incluso los recaudadores de impuestos y los soldados[Lucas 3.12ss] si todos ellos juntos escucharan y abrazaran los preceptos cristianos de justicia y virtud moral, entonces la comunidad adornaría sus tierras con felicidad en esta vida presente y ascendería a la cima de la vida eterna, para reinar allí en la mayor bienaventuranza.

Agustín también enfatizó que la Ciudad de Dios y la Ciudad del Hombre están compitiendo, mezclando lealtades dentro de la misma cultura. Es en este aspecto de la Ciudad del Hombre donde la crítica de Agustín es más acentuada.

La Ciudad del Hombre siempre busca la estabilidad, aunque sólo sea para mantener su propio poder, y como resultado, legisla al nivel de los estándares mínimos necesarios para preservar la sociedad. La Ciudad del Hombre, por lo tanto, enfatiza la tolerancia de las diferencias (siempre y cuando no interfieran con el poder del gobierno) para evitar conflictos. Para la Ciudad del Hombre, esto pasa por la paz, aunque distorsionada por la codicia y el egoísmo. La Ciudad del Hombre está dominada por el amor propio y construida en torno al mínimo común denominador de la sociedad, que es la autocomplacencia. La virtud está ausente ya que los ciudadanos de la Ciudad del Hombre se aman a sí mismos más que a los demás, aunque la buena conducta puede ser impuesta por las costumbres sociales o por la coerción del Estado. En este entorno, el Estado es necesario para frenar el mal. Aquí radica el dilema: el problema es que el propio gobierno es parte de la Ciudad del Hombre y está dominado por el amor propio. El Estado está más interesado en la autopromoción y el poder que en promover el bien. En la Ciudad del Hombre, el Estado es nada menos que una opresión organizada, y mantiene su poder a través de la violencia y las amenazas.

En contraste con la Ciudad del Hombre, la Ciudad de Dios está construida alrededor del amor a Dios y por lo tanto del amor al prójimo. Debido a este enfoque en el amor, toda la verdadera virtud reside en la Ciudad de Dios. La Ciudad de Dios también busca la paz, aunque de un tipo diferente y más profundo. Mientras que la Ciudad del Hombre usa el terror para obligar la buena conducta y para proteger a la buena gente de los malvados, la Ciudad de Dios depende sólo de la penitencia, la gracia y la misericordia, no de la compulsión, para avanzar en sus metas. Agustín enfatizó que la Ciudad del Hombre no puede lograr sus penúltimos fines (es decir, seguridad, paz, etc.) si sus últimos fines, medios y motivaciones (es decir, dominación, orgullo y amor propio) están fundamentalmente desordenados. Esta es una realidad que es entendida por los ciudadanos de la Ciudad de Dios y debido a nuestro amor por nuestro prójimo, tenemos la responsabilidad de decir esta verdad con audacia a los ciudadanos de la Ciudad del Hombre. De esta manera, la Ciudad de Dios puede influir en los ciudadanos de la Ciudad del Hombre dirigiéndose a la conciencia moral de la Ciudad del Hombre. En este papel, los ciudadanos de la ciudad de Dios se convierten en una voz profética para el Estado – diciendo la verdad de Dios revelada en las Escrituras.

En el próximo blog, consideraremos cómo las Dos Ciudades de Agustín han sido aplicadas a través de la historia de la Iglesia, examinando los pensamientos de Martín Lutero sobre el tema, así como los modernos defensores de la teología de los Dos Reinos.

 

Fuente: A Reformed Baptist Perspective on Public Theology: Augustine’s Two Cities

Traductor: Carlos Sanchez