William F. Leonhart III / 15 de julio de 2016

En nuestros artículos más recientes, hemos mirado las partes narrativas del Nuevo Testamento para descubrir lo que podrían enseñarnos con respecto a la Teología Pública. Debemos tener cuidado de no leer en las porciones descriptivas de la Escritura nada que no sea prescriptivo. Por lo tanto, nuestro objetivo ha sido apegarnos sólo a ejemplos en las palabras y acciones de Cristo y de los apóstoles que pueden ser probados por un examen más cercano de las porciones más didácticas del Nuevo Testamento. Hoy, finalmente hemos llegado a esas porciones: las epístolas.

 

Precaución preliminar

Debemos tener cuidado al discutir las diferentes epístolas dentro del canon del Nuevo Testamento, para no hablar en términos de una teología estrictamente paulina, una teología petrina, una teología juanina, etc. Los escritores individuales de la Escritura tenían diferentes énfasis debido a sus personalidades y antecedentes únicos. También tenían diferentes énfasis debido a sus audiencias únicas y a las ocasiones de sus escritos. Sin embargo, en la medida en que los apóstoles fueron enseñados por el mismo Señor, guiados por el mismo Espíritu, e inspirados por el mismo Dios y Padre de todos a escribir Su santa palabra, sólo confesaron una fe.

Por lo tanto, al comenzar el resto de nuestro estudio de la teología pública del Nuevo Testamento con las cartas de Pablo, tendremos mucho cuidado de no enfrentar la teología pública de Pablo contra ninguno de los otros autores del Nuevo Testamento. Simplemente demostraremos algunas de sus contribuciones únicas a la fe de una vez por todas entregada a los santos, particularmente en lo que se refiere a la teología pública. Lo que encontraremos es que hay mucha superposición inesperada entre los énfasis de Pablo y los de los otros autores del Nuevo Testamento. En la otra cara de la misma moneda, veremos que hay una variedad inesperada de énfasis de una de las cartas de Pablo a la siguiente.

 

Romanos 1-8

La declaración de tesis de Romanos

Providencialmente, Pablo escribió a la iglesia en Roma acerca de su deseo de venir y ministrar el evangelio a ellos y, como veremos, otros cuatro libros de la Biblia (Efesios, Filipenses, Colosenses, y Filemón) serían escritos más tarde por Pablo desde una prisión romana. El deseo de Pablo de predicar el evangelio a la iglesia en Roma se convirtió en una carta larga y muy apreciada. De hecho, la mención de Pablo de este deseo en Romanos 1:15-17 ha sido promocionada como la declaración de tesis que provee la estructura para todo lo que sigue en la carta.

«Así que, por mi parte, estoy ansioso de predicar el evangelio también a vosotros que estáis en Roma. Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree, al judío primero y también al griego. Porque en ella se revela la justicia de Dios por fe y para fe, como está escrito: `el justo vivirá por la fe'» (Romanos 1:15-17; NASB).

Siendo que estos versículos establecen el marco para todo lo que sigue, los usaremos como la lente a través de la cual examinamos el resto del libro de Romanos. En este artículo, nos enfocaremos en los principios que se encuentran en esta declaración de tesis que nos ayudan a entender por qué Pablo enseña lo que enseña en los capítulos 1-8.

 

Un Evangelio para la Iglesia

Observe primero el hecho de que Pablo está hablando con la iglesia de Dios: «a todos los que son amados de Dios en Roma, llamados santos» (vs. 7a; NASB). Pablo les dice a estos creyentes que desea predicarles el evangelio. No dice que desea predicar moralismo, chistes, historias o cualquier otra cosa que las iglesias modernas y pragmáticas puedan usar en un intento de atraer a los incrédulos. Pablo reconoció una cosa, y la reconoció muy bien: la adoración corporativa de Dios en general, y la predicación de su palabra en particular, son privilegios dados a su pueblo. Pablo no tenía ningún deseo de predicar la psicología secular, las tradiciones de los hombres, o la sabiduría del mundo. Pablo se preocupaba por predicar aquello que tiene el poder de salvar el alma: el evangelio de Jesucristo.

Santificación. Él deseaba predicar este evangelio a la iglesia, un mensaje que a menudo relegamos a la tarea de evangelizar. ¿Por qué quería predicarlo a la iglesia? Quería hacerlo para que, a través de la predicación del evangelio, pudieran ser salvos. ¿Pero no están ya salvados? Quiero decir, son de la iglesia, ¿no? Cuando pensamos de esta manera, caemos en el error de simplificar demasiado la doctrina de la salvación.

 

Pablo reconoció el hecho de que sus lectores ya estaban justificados a través de la obra de la cruz de Jesucristo. Él no estaba hablando de un deseo de predicar el evangelio a ellos para promover su justificación. Más bien, su deseo era predicarles el evangelio para su santificación posterior (un elemento esencial de la salvación general), para que pudieran crecer en su aprecio por el evangelio de Jesucristo y, así, caminar de acuerdo al conocimiento que habían acumulado.

La suficiencia del evangelio. Ahora, algunos pueden estar confundidos en cuanto a cómo esta enseñanza tiene algo que ver con la Teología Pública. Si el evangelio es el poder de Dios para la salvación de la iglesia ya salva, debemos ser muy precisos en cómo definimos el evangelio. Como veremos en nuestro estudio de Gálatas, añadir algo al evangelio que no sea intrínseco al evangelio lo convierte en un no-evangelio en absoluto.

Lo primero que debemos hacer es reconocer la diferencia entre el evangelio y los «asuntos del evangelio». Hay muchos pastores y teólogos en la blogosfera hoy en día que usan el término evangelio como un martillo de justicia social para forzar a la gente a hacer lo que ellos quieren que hagan. Primero debemos reconocer que cada pecado es un «asunto del evangelio», porque el evangelio es lo que holísticamente nos salva del pecado. Además, no debemos confundir el evangelio mismo con el fruto que produce el evangelio. La misión de la iglesia debe centrarse en la predicación del evangelio.

Predicación del Evangelio. Decimos que nos salva holísticamente, porque el evangelio nos salva de principio a fin. Note otra vez que el evangelio que Pablo está trayendo, él está trayendo a la iglesia. La predicación del Evangelio hace discípulos; la predicación del Evangelio también enseña y guía a los discípulos.

Decir que necesitamos algo más que predicar el Evangelio para curar las luchas étnicas (por ejemplo) en las iglesias cristianas es como decir: «Dejé de castigar a mi hijo, porque no funcionó». Donde no vemos éxito inmediato en lo que Dios ha mandado que hagamos, no tenemos la justificación para inyectar la filosofía mundana y las tradiciones del hombre. Recordemos que Abraham tuvo un hijo ilegítimo con Agar, porque no quería esperar en el Señor (cf. Génesis 16). Saulo ofreció el sacrificio que no se le había mandado ofrecer y perdió su trono, porque no quería esperar en el Señor (cf. 1 Samuel 15). Exploraremos más esta noción cuando lleguemos a nuestro estudio de los Colosenses.

 

Fuente: A Reformed Baptist Perspective on Public Theology: The Pauline Epistles, Part I – Romans 1-8

Traductor: Carlos Sanchez