Distintas épocas, diversas manera, pero por escrito en su totalidad – Tom Nettles


En el primer capítulo de la Segunda confesión bautista de fe de Londres, titulado «De las Sagradas Escrituras», encontramos la siguiente oración:

«Por lo tanto, agradó al Señor, en distintas épocas y de diversas maneras, revelarse a sí mismo y declarar su voluntad a su iglesia; y posteriormente, para preservar y propagar mejor la verdad y para un establecimiento y consuelo más seguros de la iglesia contra la corrupción de la carne y la malicia de Satanás y del mundo, le agradó poner por escrito esa revelación en su totalidad, lo cual hace a las Santas Escrituras muy necesarias, habiendo cesado ya las maneras anteriores por las cuales Dios revelaba su voluntad a su pueblo».

 

Una variedad de veces

Esto se refiere a la revelación especial, los momentos en particular («distintas épocas») y los distintos medios («diversas maneras») en que vino. Además de la revelación que proviene de la creación y que mora en la consciencia, la revelación especial es necesaria para dar a conocer el propósito redentor y la estrategia de Dios. Los momentos clave de la revelación nos dan el esquema de la creación, el énfasis en los portadores de su imagen, la caída de ellos, junto con la demostración inmediata de la intención redentora de parte de Dios.

Luego de narraciones en las que Dios aparece gobernando y juzgando de manera permanente toda la tierra, encontramos la elección de una persona de la que surgiría una nación de la cual nacería el Mesías. Junto con el relato del surgimiento, desarrollo, disciplina, exilio y retorno de esta nación como el punto central de la descripción e interpretación reveladas (e.g. «Y sabrán las naciones que la casa de Israel fue llevada cautiva por su pecado, por cuanto se rebelaron contra mí, y yo escondí de ellos mi rostro, y los entregué en manos de sus enemigos, y cayeron todos a espada» [Ezequiel 39:23]), también se revela un perfil cada vez más detallado de aquel cuya obra traería salvación a su pueblo escogido de todo pueblo, lengua y nación.

Por cerca de cuatrocientos años, estos momentos de revelación cesaron, pero fueron renovados por alrededor de un siglo con la aparición del Ungido. Esta revelación describió su persona, doctrina, acciones, carácter, poder, conocimiento y los dichos suyos que demostraron la legitimidad de la confesión de que Él es «el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (Mateo 16:16).

Paradójicamente, su obra redentora involucró el rechazo del pueblo de cuyos lomos había nacido su humanidad y finalizó con una sorprendente cadena de eventos; a saber, crucifixión, sepultura, resurrección, apariciones y ascensión. Tanto el poder de la gracia como el conocimiento revelador fueron necesarios para alinear las profecías previas de manera adecuada y explicar con exhaustividad el significado y el poder de las aplicaciones de los eventos mencionados. De parte de los testigos oculares de esos hechos y de las personas que vivieron de manera cercana y simultánea a ellos, Dios escogió dar su palabra que culminaría su revelación.

 

Diversas maneras

Durante siglos esta revelación vino por medio de visiones y sueños de los profetas y otros y por el dictado verbal de la palabra audible de Dios. En la versión del Rey Jacobo [King James Version en inglés] de la Biblia, la expresión Así dice el Señor ocurre 413 veces. Isaías identificó su profecía, hablada y escrita como: «Visión de Isaías hijo de Amoz, la cual vio acerca de Judá y Jerusalén…». También usó expresiones como «Escuchad la ley de nuestro Dios» (1:10); y «…lo que vio Isaías, hijo de Amoz»; y «Entonces dijo Jehová a Isaías» (7:3). Jeremías comienza con el enunciado: «Las palabras de Jeremías hijo de Hilcías, de los sacerdotes que estuvieron en Anatot, en tierra de Benjamín. Palabra de Jehová que le vino en los días de Josías hijo de Amón […] Le vino también en días de Joacim […] hasta la cautividad de Jerusalén en el mes quinto» (Jeremías 1:1-3) Ezequiel contiene la frase: «Vino a mi palabra de Jehová» cuarenta y nueve veces en treinta y ocho capítulos, de los cuales los últimos once contienen afirmaciones similares, tales como: «Así ha dicho Jehová»; «profetiza, y di»; «en visiones de Dios me llevó a la tierra de Israel» y «cuenta todo lo que ves a la casa de Israel». Malaquías, que comienza con las palabras: «Profecía de la palabra de Jehová contra Israel, por medio de Malaquías», es el registro de una conversación extensa entre el profeta y Dios.

En el Nuevo Testamento, la revelación vino por medio de profecías, lenguas y por medio de la predicación inmediata bajo inspiración del Espíritu. Los apóstoles, a quienes se les había prometido la obra reveladora del Espíritu Santo (Juan 14:26; 16:12-14), predicaron y hablaron bajo la influencia del Espíritu de revelación e inspiración (1 Corintios 2:12, 13) en situaciones de evangelismo y en las iglesias. Dios también dio profetas que hablaron por revelación divina a las congregaciones, para que ante la ausencia de los apóstoles supieran que aún podían contar con afirmaciones que eran parte del nuevo pacto habladas a ellos (1 Corintios 12:10, 28; 14:29-33). Las lenguas también eran dones de revelación, pero sólo debían exhibirse públicamente cuando alguien con el don de interpretación estuviera presente, para que la manifestación revelada fuera de edificación para la iglesia.

Los dones proféticos estaban bajo la autoridad y disciplina inmediata de los apóstoles, incluso su palabra escrita (1 Corintios 14:37,18). Así como hubo falsos profetas en el Antiguo Testamento, también los hubo en el Nuevo. En ambos casos, el falso profeta debía rechazarse y debía impedirse su accionar dentro de la comunidad del pacto (2 Pedro 2:1). El mensaje del verdadero profeta debía considerarse seriamente y ser acatado como guía doctrinal e instrucción de santidad (1 Corintios 14:24, 25,29). Estas operaciones extraordinarias de revelación del Espíritu tenían una función específica en la era apostólica antes de que la interpretación inspirada de «las cosas de Cristo» e instrucciones a las iglesias estuviera completa.

Esas formas de revelación cesaron cuando terminó la presencia de los apóstoles y ahora tenemos «por escrito, esa revelación en su totalidad».

 

Ayuda perpetua para una necesidad perpetua

La perpetuidad y estabilidad divinamente ordenadas del corpus de la revelación tuvo, entre otros propósitos, la finalidad de «un establecimiento y consuelo más seguros de la iglesia contra la corrupción de la carne y la malicia de Satanás y del mundo». El artículo nombra tres enemigos de la santidad. Pedro advirtió que los deseos carnales «batallan contra el alma» (1 Pedro 2:11). En todas las Escrituras, desde Génesis 3, en profundidad en el Libro de Job, intensamente visto en las tentaciones de Jesús y expuesto con claridad en Efesios 2:1; 6:16 y 2 Corintios 4; la oposición de Satanás contra Dios, manifestada en todos sus intentos de destruir al hombre, es incesante. Vemos en 1 Juan 2:16 que el mundo consiste en «los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida». No obstante, la Palabra de Dios da siempre ejemplos de la obra de esos enemigos, a la vez que asegura a los creyentes que la fidelidad de Dios proveerá gracia para sostenerles en medio del conflicto y que cada encuentro ayudará a nuestra santificación y nos llevará finalmente a la vida eterna. En esta batalla contra el mundo aprendemos que «el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Juan 2:17). Quienes enfrentan el ataque de Satanás contra sus vidas encuentran en la Palabra que «todo el mundo está bajo el maligno», que el Hijo de Dios mismo protege al creyente y que «el maligno no le toca» (1 Juan 5:18, 19). Asimismo, cuando los creyentes —anhelantes de agradar a su Salvador y deleitarse en toda su santa belleza— se encuentran presionados por el poder corruptor de la carne, incluso en los mejores los momentos de conocimiento espiritual, la Palabra describe la realidad de este conflicto y asegura que perseverarán al caminar en el Espíritu. Aunque la carne esté más que presta a ser atrapada por el mundo y el diablo en su arremetida conjunta contra los santos propósitos de Dios con su pueblo, los creyentes aprenden que el Espíritu que les dio vida en el nuevo nacimiento continuará con ellos para oponerse y mortificar el enemigo interior (Romanos 7:23; 8:5,9,13; Gálatas 5:16-18, 24-25). Toda la obra de salvación en su aplicación existencial viene «mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad (2 Tesalonicenses 2:13).

 

La revelación final: Escrita

Los apóstoles sabían que sus escritos serían canonizados de la misma manera que los escritos inspirados el antiguo pacto. Sus mensajes escritos a las iglesias y a sus líderes contenían la misma realidad de revelación que los profetas, de manera tal que lo que escribieron debía considerarse palabra de Dios (e.g. 2 Pedro 2:1,2). Las verdades reveladas que eran puestas por escrito «para preservar y propagar mejor la verdad» serían para todas las edades hasta la segunda venida de Cristo. Pedro escribió según este propósito específico y explicó el motivo de su segunda epístola a sus receptores: «También yo procuraré con diligencia que después de mi partida vosotros podáis en todo momento tener memorias de estas cosas» (2 Pedro 1:15). A pesar de que surgieron en situaciones históricas específicas y fueron relevantes a los eventos inmediatos, contenían verdad y su aplicación apropiada transcendería los tiempos. La Iglesia debía estudiar, aprender y comprometerse de corazón con esta revelación.

Cuando Moisés resumió de manera poética las gracias particulares que Dios había dado a Israel, la necedad del alma y la dureza del corazón que con frecuencia les afectaría y las intervenciones compasivas del Señor para su rescate y la inquebrantable soberanía de su propósito, les dijo: «Aplicad vuestro corazón a todas las palabras que yo os testifico hoy, para que las mandéis a vuestros hijos, a fin de que cuiden de cumplir todas las palabras de esta ley»; para luego añadir: «Porque no os es cosa vana; es vuestra vida» (Deuteronomio 32:44-47).

Cuando Josué asumió el liderazgo de Israel, luego de que Moisés fuera reunido con sus padres, Dios le dijo: «Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito» (Josué 1:8). Desde los primeros textos de la Biblia hasta el último, los escritores, que también habían sido portavoces, sabían que sus escritos venían de Dios y que escribirlos tenía la finalidad de extender la autoridad del mensaje hablado a las generaciones que les seguirían.  Cuando Juan, el último apóstol en partir de este mundo, agregó el libro final a la Biblia, lo abrió con una promesa de bienaventuranza para quienes leerían, oirían y guardarían lo que estaba escrito en él. El libro cerró con una advertencia de terribles plagas y la exclusión de la vida eterna a cualquiera que  «añadiere a estas cosas […] y […] quitare de las palabras del libro de esta profecía» (Apocalipsis 1:3; 22:18,19).

En estas afirmaciones de la autoridad absoluta de la verdad redentora escrita, los autores bíblicos eran conscientes de que sus escritos eran parte del carácter de la revelación. Pablo señaló en Efesios: «Por revelación me fue declarado el misterio, como antes lo he escrito brevemente  leyendo lo cual», y enfatiza la equivalencia del texto con la revelación misma, «podéis entender cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo» (Efesios 3:3,4). Pablo,  a la espera de visitar a Timoteo para instruirle sobre la organización de las iglesias con sus oficios y qué requisitos debían tener, le informa: «Esto te escribo […] para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios» (1 Timoteo 3:15). La presencia de su palabra escrita tenía la misma autoridad que su presencia personal y palabra hablada.

Cuando Juan escribió su evangelio, presentó el firme testimonio de su conocimiento en la transcendencia de sus palabras escritas: «Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre». Además, el apóstol sella su sentido se autoridad inmediatamente antes de cerrar su libro: «Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y escribió estas cosas; y sabemos que su testimonio es verdadero» (Juan 21:14). Encontramos la misma confianza en su primera epístola al referirse reiteradamente al propósito de su carta. «Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido» (1 Juan 2:1); «Estas cosas os escribo para que no pequéis» (1 Juan 2:1). En los versículos 12 al 14 usa la fórmula «Os escribo» seis veces para referirse al perdón de los pecados, el conocimiento de Dios, la derrota de Satanás y el poder de la Palabra que permanece. Juan plantea la distinción entre la verdad y el error en estos temas como una creencia de conformidad inquebrantable a la palabra apostólica. Escribe: «Os he escrito esto sobre los que os engañan» y luego afirma: «El que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error» (1 Juan 4:6). El discípulo presenta sus escrito como el medio por el cual una persona puede saber que tiene vida eterna (1 Juan 5:13).

 

Necesaria y exclusiva

En consideración al carácter y propósito de las Escrituras estamos absolutamente de acuerdo con la conclusión «…lo cual hace a las Santas Escrituras muy necesarias» y abrazamos, no sólo la necesidad de éstas, sino además su exclusividad: «habiendo cesado ya las maneras anteriores por las cuales Dios revelaba su voluntad a su pueblo». Cristo ha venido, así los profetas del Antiguo Testamento hablan sólo por medio de lo que está escrito. Ahora, en estos últimos días, Dios ha hablado por medio de Su Hijo. Cristo ha venido y muerto por los pecadores y ha ascendido al cielo. Esa obra es completa y esperamos oír su voz y contemplar su gloria cuando regrese.

Los apóstoles, a quienes se confirió las promesas de la verdad revelada y a quienes se habló desde el cielo en determinadas ocasiones (Hechos 9:5,6; 18:9-1; Apocalipsis 1:10-20, etc.), terminaron su ministerio y nos dejaron sus mandatos por escrito. ¿Nos atreveríamos a decir que su testimonio es incompleto y que tenemos algo con que contribuir? ¿Hemos acaso oído las palabras de Cristo o visto sus obras para recordarlas e interpretarlas bajo la inspiración del Espíritu? ¿Contamos con la compañía apostólica cerca nuestro para probar nuestros escritos o examinar nuestro lenguaje y controlar cualquier manifestación llamada profética? No. La revelación está completa y los medios especiales por los que vino han cumplido su propósito a cabalidad.

Descansamos sólo en la palabra escrita, vivificada y aplicada en nuestras vidas por la obra iluminadora y santificadora  del Espíritu. Estamos de acuerdo con Spurgeon que señaló al predicar en Hechos 18:9,10: «Vino a mí en visiones en la noche. No esperamos ver al Señor Jesucristo en visiones ahora, pues “tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro”. Tenemos la Palabra de Dios ¡inspirada e infalible! Contamos con todo el rollo divinamente escrito; podemos leerlo cuando queramos y, de sus páginas, Dios habla con voz clara y segura».1

 

Autor: Tom Nettles

Traductor: Waldo Chaparro

 

Artículo Original:

Sundry Times, Diverse Manners, But Wholly unto Writing

  1.  Charles Spurgeon, “Cheer for the Worker and Hope for London,” Metropolitan Tabernacle Pulpit, 26: (1880):Sermon # 1566, 2. Accessed through http://www.spurgeongems.org
Waldo Chaparro

Waldo Chaparro Inzunza es miembro de la Iglesia Bautista Reformada de Coronel.

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