La regla y autoridad de las Escrituras – Russel Fuller


Una regla verdadera y suficiente

Luego de demostrar cuán necesaria es la Escritura Sagrada, la Confesión la define como la Palabra de Dios escrita, presenta la lista de los libros que la componen y recalca su rasgo esencial: la inspiración de parte de Dios. Por lo tanto, la Confesión designa las Escrituras como sagradas (2 Timoteo 3:15), puesto que son especialmente apartadas como las mismas palabras de Dios.

Existe una disputa entre los protestantes y los católicos sobre qué libros son parte de las Escrituras. Si bien ambos grupos aceptan el Nuevo Testamento y los treinta y nueve libros del Antiguo Testamento, no están de acuerdo en relación con los apócrifos, que son aceptados por los católicos, pero rechazados por los protestantes (Confesión 1.3).

De acuerdo con la Confesión, la regla o el canon para determinar qué libros son las Sagradas Escrituras es haber sido inspiradas por Dios. En el caso del Antiguo Testamento, Moisés o un profeta debían haber escrito el libro, de ahí que el Nuevo Testamento se refiere al Antiguo como «Moisés y los profetas». Daniel, por lo tanto, reconoce el carácter de inspirados de los escritos de Jeremías, ya que era un profeta (Daniel 9:2). Además esto explica por qué los profetas escribieron la historia del Antiguo Testamento como lo indican los pasajes de 1 Crónicas 29:29; 2 Crónicas 9:29; 12:5; 13:22; 20:34; 32:32; y por qué los judíos se refieren a Josué en el libro de Reyes como los profetas primeros. En el caso del Nuevo Testamento, un apóstol a un cercano a uno de ellos escribió el libro. Pedro, por ejemplo, se refiere a los escritos de Pablo como «Escrituras» (2 Pedro 3:16). Así también Pablo se refiere al evangelio de Lucas de la misma manera (1 Timoteo 5:18). En resumen, la Iglesia se fundamenta sobre los apóstoles y los profetas (Efesios 2:20).

En concordancia con lo anterior, la Confesión acepta solamente los treinta y nueve libros del Antiguo Testamento sin los apócrifos por justas razones. En primer lugar, Pablo nos dice que a los judíos les había «sido confiada la palabra de Dios», a saber, el Antiguo Testamento. Los judíos aceptaban los treinta y nueve libros de la Confesión, pero rechazaban los apócrifos (Josefo, [Contra Apión 1:8]; el Talmud Babilónico; Baba Batra 15a). Para los rabinos, el espíritu de profecía había abandonado Israel después de Malaquías, lo que deja a los apócrifos sin autoridad profética y, por lo tanto, sin inspiración divina (Talmud de Babilonia, Sanedrín 11a). En segundo lugar, Cristo y los apóstoles aceptaron el Antiguo Testamento del primer siglo, la Ley y los Profetas (Mateo 5:17; Lucas 24:27) o la Ley, los Profetas y los Salmos (Lucas 24:44), que corresponden a los treinta y nueve libros de la Confesión. En tercer lugar, los autores del Nuevo Testamento citan casi la totalidad de los treinta y nueve libros y se refieren a ellos como las Escrituras (Mateo 21:42; 2 Timoteo 3:15-16; Hecho 1:16) y nunca citaron a los apócrifos como tales.

La Confesión acepta los veintisiete libros del Nuevo Testamento. Los primeros cristianos, en su afán de identificar las obras apostólicas genuinas, examinaron cuidadosamente los textos y establecieron la autoridad apostólica de algunos de esos veintisiete libros. A fines del cuarto siglo la totalidad de los libros fue aceptada universalmente con justas razones. Primero, los Padres de la Iglesia citaron los veintisiete reconociendo su carácter de inspirados. Segundo, hicieron listas de los libros inspirados del Nuevo Testamento, las que concordaban con los veintisiete o presentaban pequeñas diferencias. Tercero, las traducciones antiguas del Nuevo Testamento muestran una lista similar de libros. A la primera edición de la Peshitta (435) le faltaba 2 Pedro; 2 y 3 de Juan; Judas y Apocalipsis. La siguiente edición (508) contaba con los veintisiete libros. La Vulgata (400) contiene los mismos libros. Cuarto, los antiguos manuscritos griegos, como el Códice Sinaítico del cuarto siglo, confirman los mismos libros. A pesar de que libros fraudulentos con nombres apostólicos existieron en la iglesia primitiva, tales como el Evangelio de Tomás, los primeros cristianos estaban atentos a descubrir y aceptar sólo las obras apostólicas genuinas.

Por supuesto, la autoridad del Antiguo y del Nuevo Testamento como Escrituras no depende de concilios ni decretos judíos ni cristianos, sino sólo de Dios, como lo enseña la Confesión más adelante (1.4). Ambos Testamentos, evidencian su autoridad divina como Escrituras por la majestad y unidad de sus enseñanzas, por el poder para convertir a los pecadores y para edificar a los creyentes en la salvación (Catecismo mayor de Westminster, pregunta 4). Sin embargo, la máxima garantía de que el Antiguo y Nuevo Testamento son inspirados debe provenir del Espíritu Santo. En la cuarta pregunta del catecismo mencionado leemos: «Pero el Espíritu de Dios dando testimonio con las Escrituras y por medio de ellas al corazón del hombre, es el único que puede persuadir plenamente de que son la verdadera palabra de Dios» (Juan 16:13; 1 Corintios 2:10; 1 Juan 2:20, 27). El pueblo de Dios oye la voz de su pastor en las Escrituras Sagradas (Juan 10:27).

Todos estos libros del Antiguo y del Nuevo Testamento constituyen las Sagradas Escrituras por su característica esencial de haber sido inspirados por Dios. En consecuencia, la Confesión declara que «todos estos [libros del Antiguo y Nuevo Testamento] fueron dados por inspiración de Dios». En 2 Timoteo 3:16 la palabra utilizada para inspirada significa respirada, algo así como si las Escrituras fueros exhaladas de la misma boca de Dios. Por lo tanto, las Escrituras son las palabras de Dios mismo (Romanos 3:2). Estas palabras no vinieron de mente ni por voluntad humana, sino de la mente y por la voluntad del Espíritu Santo, quien vino sobre hombres para que hablaran de parte de Dios (2 Pedro 1:20-21). Aunque los autores bíblicos usaron su propio vocabulario, sintaxis y estilo, el Espíritu de Dios dirigió el proceso de producción en palabra y pensamiento de la palabra de Dios pura, sin la adición ni mezcla del hombre (1 Tesalonicenses 2:13). Así, el Espíritu Santo habló por medio de autores humanos (Lucas 1:70). En ocasiones, las Escrituras se refieren al agente humano, por ejemplo cuando se señala que el Espíritu Santo habló a través de David (Hechos 4:25-26) o en otras se omite el agente humano y se señala que es el Espíritu Santo quien habla (Hebreos 3:7-11). Además encontramos que el autor humano puede comenzar el discurso y, sin mediar cambio de persona (y ahora Dios dice), Dios lo finaliza. Leemos en Deuteronomio 7:1-4 que Moisés dice en los primeros tres versículos: «Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra […] para tu hijo»; sin embargo, en el cuarto versículo es Dios quien habla sin cambio de persona: «Porque desviará a tu hijo de en pos de , y servirán a dioses ajenos» (véase Jeremías 12:4-5). Al fin y al cabo, si el profeta habla, Dios habla (Romanos 9:17; 1 Timoteo 5:18).

Ambos Testamentos demuestran la infalibilidad de las Escrituras. El Antiguo Testamento, por medio de sus promesas, profecías, tipologías y sombras prevé el cumplimiento del Evangelio en el Nuevo (Gálatas 3:8). Luego de que Cristo hubiera cumplido las promesas, profecías tipologías y sombras, el Nuevo mira hacia atrás como un testigo del cumplimiento del Antiguo por parte de Dios (Hechos 26:22; Romanos 3:21; 15:8). Los profetas del Antiguo Testamento predijeron la gracia que vendría por medio del Mesías, los apóstoles declararon la gracia predicha o el cumplimiento de la promesa del evangelio en Cristo (Hechos 10:43; 1 Pedro 1:10-12). Incluso Abrahán se regocijó al ver el día del cumplimiento de las promesas en Cristo (Juan 8:56), como también otros santos del Antiguo Testamento (Hebreos 11:13). Así, Dios nuevamente «despierta la palabra de su siervo» (Isaías 44:26) al declarar el fin desde el principio y las cosas por venir (Isaías 41:4,23; 44:7; 46:10). Una vez en el Antiguo Testamento, el asunto estaba escrito («Así está escrito» [Lucas 24:46] y «determinado» [Lucas 22:22; Hechos 2:23]). Su cumplimiento era cierto, su realización, una necesidad (Mateo 26:54). Los escritores de los evangelios, en particular, usaron el enunciado «para que se cumpliesen las Escrituras» con la finalidad de expresar la intención divina de recalcar la infalibilidad de la palabra de Dios. De esa manera, el Nuevo Testamento confirma el Antiguo y, al hacerlo, afirma la infalibilidad de las Escrituras.

Los escritores eran conscientes de la inspiración de parte del Espíritu. David, por ejemplo, señala: «El Espíritu de Jehová ha hablado por mí, y su palabra ha estado en mi lengua» (2 Samuel 23:2). Dios puso su palabra en boca de su profeta (Jeremías 1:9; Ezequiel 3:1-4), de manera tal que el profeta se convertía en la boca de Dios: «Que se apartan para descender a Egipto, y no han preguntado de mi boca» (es decir, mi profeta [Isaías 30:2; 1 Reyes 8:24]). Por ende, los autores del Antiguo Testamento comenzaban su mensaje con frases como: «Así ha dicho Jehová» (Jeremías 9:17), «la boca de Jehová ha hablado» (Isaías 40:5), «Yo Jehová» (Levítico 19:32) o frases similares (Génesis 22:16; Levítico 18:30). Los escritores del Nuevo Testamento también se refirieron a la misma inspiración del Espíritu Santo. Cristo prometió a los apóstoles el don de inspiración (Juan 14:26; 15:26-27; 16:13). El evangelio que Pablo predicaba no era invención humana, sino que era la revelación de Jesucristo (Gálatas 1:11-12). Pablo, por lo tanto, enseñó con toda autoridad que el rechazo a su palabra significaba rechazar la palabra de Dios (1 Tesalonicenses 4:8), en la misma manera en que rechazar la palabra de un profeta del Antiguo Testamento equivalía rechazarla (Ezequiel 3:7), por lo que Pablo en 1 Tesalonicenses 4:8  habla como un profeta. Con base en su autoridad apostólica y profética, Pablo ordenó que sus libros circularan entre las iglesias (1 Tesalonicenses 5:27; Colosenses 4:16). De esto es posible concluir que los autores de este Nuevo Testamento comprendían que el mismo Dios que inspiró el Antiguo los inspiraba para escribirlo (Hebreos 1:1).

 

«Mantenidos puros a lo largo de todos los tiempos»

Aunque la mayoría está de acuerdo con que las Escrituras enseñan su propia inspiración, muchos creen que la inspiración de las Escrituras es un punto discutible, debido a que no poseemos los manuscritos originales que fueron «inspirados directamente por Dios», según la Confesión (1.8). A causa de las diferentes lecturas en la tradición de los manuscritos y las versiones antiguas, el Magisterio de la Iglesia Católica declaró espurios o corruptos los manuscritos griegos y hebreos y exaltó la Vulgata latina como la verdadera palabra de Dios. Los eruditos críticos también consideran que los manuscritos hebreos y griegos son corruptos al basarse en lecturas diversas (o baja crítica) y la comprensión crítica de los textos bíblicos (o alta crítica). Aunque un Magisterio de eruditos críticos hiciera algunas correcciones, el texto nunca podría restaurarse a una —por denominarla de alguna manera— forma original, sino que a una forma mucho más tardía, pues el original pasó por siglos de reescritura, reformación, reedición y corrupción. Los supuestos originales están perdidos para siempre y la inspiración de las Escrituras sería, a lo más, una doctrina teórica.

La Confesión rechaza esas acusaciones al señalar: «El Antiguo Testamento en hebreo (…) y el Nuevo Testamento en griego (…), siendo inspirados inmediatamente por Dios y mantenidos puros a lo largo de todos los tiempos por su especial cuidado y providencia, son, por lo tanto, auténticos…». Jesús y los escritores del Nuevo Testamento claramente creyeron que el Antiguo había sido mantenido puro en su tiempo. Jamás  hicieron alusión a que un texto fuera incorrecto o corrupto. Jesús enseñó que «ni una jota ni una tilde pasarán», que «la Escritura no puede ser quebrantada» y que «se cumplirían las Escrituras» (Mateo 5:18; Juan 10:35; Mateo 26:54, respectivamente). Además en Lucas 16:29, Jesús describe la autenticidad del Antiguo Testamento de Su día: «Y Abraham le dijo: A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos». De manera similar, en Juan 5:46-47, Jesús declara: «Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?». Para Jesús, las palabras que Él hablaba a los judíos eran tan auténticas como las que había escribo Moisés; como si el Antiguo Testamento de Su día fuera los mismos escritos originales. Pablo, al señalar que les había sido «confiada la Palabra de Dios», asume que el texto había sido «mantenido puro por todos los tiempos». Finalmente, Pedro describe al Antiguo Testamento de su día como «la palabra profética más segura» que oír la voz de Dios directamente del cielo (2 Pedro 1:19). No estaban hablando de las Escrituras de manera teórica ni de los escritos originales, sino de las Escrituras que tenían en su tiempo. Para ellos, los escritos originales y los textos con los que contaban eran lo mismo. Por supuesto, se podría decir lo mismo respecto de la tradición de los manuscritos del Nuevo Testamento, la que, a pesar de que a veces muestra diferencias menores, da cuenta de una obra inspirada que había sido mantenida siempre pura. La Palabra de Dios permanece para siempre (Isaías 40:8).

Debido a que los textos del Antiguo y del Nuevo Testamento son inspirados por Dios, la Confesión declara que ellos, y sólo ellos pueden ser la regla de fe y de vida. Por «regla de fe y de vida» la Confesión apunta a qué deben creer los cristianos y cómo deben vivir sus vidas. Hay quienes han distorsionado el significado de fe y vida señalando que la Confesión distingue entre asuntos de fe y de vida, que son inspirados, y asuntos de historia y ciencia que no lo son. De la misma manera, alguno distorsionan el sentido de 2 Timoteo 3:16 al enseñar que las Escrituras son sólo inspiradas para enseñar, corregir e instruir en justicia, pero no en asuntos de historia ni de ciencia. Sin embargo, la Confesión no hace distinción entre fe y vida, por un lado, e historia y ciencia, por el otro. Para la Confesión, todos los libros el Antiguo y el Nuevo Testamento son total y absolutamente inspirados en lo que enseñan. En vez de hacer distinciones artificiales entre la fe y la historia o entre la fe y la ciencia, las Escrituras combinan los asuntos de fe, historia y ciencia en una unidad para conformar una fe basada en realidades históricas y de fe. Los tres aparecen como uno solo. Si uno falla, todos lo hacen. Si los asuntos de historia y de ciencia de las Escrituras fallan, entonces la fe de ellas también lo hace (1 Corintios 15:14). Todo lo que los cristianos deben creer y cómo deben vivir una vida que agrade a Dios, según la Confesión y las Escrituras, comienza con el primer versículo de Génesis y termina con el último de Apocalipsis.

Los católicos, por el contrario, aceptan de buena gana las Escrituras como una regla de fe y de vida, pero las rechazan como la regla de fe y de vida, pues también aceptan la tradición, pasada y presente como tal. De manera más precisa, debido a que la Iglesia es la intérprete infalible de las Escrituras y de la tradición, la Iglesia es realmente la regla de fe y de vida. Los católicos fundamentan su uso de la tradición refiriéndose a 2 Tesalonicenses 2:15 y 3:6, pasajes en los que Pablo usa la palabra «tradición»1. Sin embargo, Pablo no se refiere a una ley canónica ni a la tradición de la iglesia, sino a su propia enseñanza, tanto oral como escrita que él había dado anteriormente a los tesalonicenses.

Los autores del Antiguo y del Nuevo Testamento siempre apelan a las Escrituras como la autoridad final en todas las controversias. En los días de Isaías, muchos buscaban otra autoridad, pero Isaías enseñó que el pueblo debía consultar a su Dios yendo a las Escrituras: «¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido» (Isaías 8:19-20). Los de Berea examinaban todas las enseñanzas, incluso las apostólicas, para realizar una búsqueda diaria de las Escrituras de qué debían creer y cómo vivir (Hechos 17:11). Jesús declara que Moisés y los Profetas tenían mayor autoridad que cualquiera que regresara de los muertos para contar de los tormentos del infierno de fuego. La Escritura es útil «para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia», es perfecta, segura, verdadera, un gran galardón es guardarla (Salmo 19:7-11) y puede hacer sabio para la salvación (2 Timoteo 3:15). Moisés advirtió a Israel que no añadiera ni sustrajera de las Escrituras (Deuteronomio 4:2), como también lo hace el apóstol Juan (Apocalipsis 22:18-19). Además, un peligro es que la tradición llega a ser igual y, usualmente, superior a la Escritura. Al sustraerles, la tradición anula sus enseñanzas. Jesús se refiere a esto mismo al decirle a los fariseos que invalidaban la Palabra de Dios por medio de su tradición (Marcos 7:13), por ello Jesús y sus discípulos lucharon a menudo contra la tradición (Mateo 15:3,6). Además Pedro advierte a los gentiles de las tradiciones de sus padres (1 Pedro 1:18). Las Escrituras y no la tradición de la iglesia son la base en que la verdadera Iglesia está fundada (Efesios 2:20).

 

Autor: Russel Fuller

Traductor: Waldo Chaparro

 

Artículo Original:

The Rule and Authority of Scripture

 

 

  1. N. del Trad: tradition en la versión del rey Jacobo en inglés (King James Version). Enseñanza y doctrina en la versión en español RVR1960, respectivamente.
Waldo Chaparro

Waldo Chaparro Inzunza es miembro de la Iglesia Bautista Reformada de Coronel.

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