La única regla – Kurt Smith


El pueblo del Libro

Desde el punto de vista histórico, los bautistas siempre han sido conocidos como «el pueblo del Libro». Con esta identificación, los bautistas —desde su surgimiento en el siglo XVII en Inglaterra— se ganaron la reputación de ser el cuerpo de cristianos, dentro del protestantismo, cuya declaración de doctrina y práctica es gobernada únicamente por la Palabra de Dios. De hecho, se puede señalar que el gran principio reformador de la sola scriptura (sólo la Escritura) encuentra su máxima expresión en los bautistas más que en cualquier otro grupo protestante.

Al respecto, Robert G. Torbet, historiador de la Iglesia, señala en su libro Historia de los Bautistas lo siguiente:

«En un grado mayor que cualquier otro grupo, los bautistas han fortalecido la protesta del protestantismo evangélico contra el tradicionalismo. Han logrado esto por su constante testimonio de la supremacía de las Escrituras como la única norma suficiente de fe y práctica».1

Según esta convicción bautista, la Palabra de Dios es la «única norma todo suficiente para la fe y práctica de la vida cristiana». Por lo tanto, serían los bautistas los que sostendrían doctrinas tan bíblicas como el bautismo sólo para los creyentes, una membresía de iglesia regenerada, la libertad de consciencia y la separación de la Iglesia y el Estado. Por medio de estas enseñanzas, los bautistas llevaron el principio de sola scriptura hasta su conclusión inevitable y lógica: buscaron formar iglesias locales, compuestas sólo por creyentes, en las que Cristo gobernara como Cabeza de Su Iglesia por la revelación de Su Palabra, libre de cualquier tradición humana o gobierno que intentase enseñorearse sobre sus consciencias.

Reitero, lo que ha conducido a los bautistas a estas convicciones es su fe intransigente en la autenticidad de la Biblia como la Palabra de Dios autoritaria, inerrante, infalible y suficiente.

 

Una buena confesión

En la historia bautista esta sólida convicción de que la Palabra de Dios rige y conforma sus vidas y su doctrina nunca se ha vio expresada de manera más clara y explícita que en el primer capítulo de la Segunda confesión de fe bautista de 1698. En diez párrafos se expone la doctrina de las Sagradas Escrituras con una claridad tan certera que no deja margen a que nadie dude de la postura de los bautistas ingleses concerniente a su credo sobre el origen, lugar y propósito de la Palabra de Dios. Sin embargo, lo que es aun más importante de esta confesión, en lo que respecta a las Escrituras, es que no se limitó únicamente a las iglesias bautistas que la tuvieron como su estándar doctrinal en Inglaterra.

Con el tiempo, La segunda confesión bautista de Londres probaría ser «la confesión bautista más importante escrita en lengua inglesa».2 De esta manera, su exposición confesional de la doctrina de las Sagradas Escrituras sería el piso en el cual numerosas generaciones de iglesias y asociaciones bautistas se mantendrían firmes sin sentir vergüenza ni pedir disculpas. Ese es, por ejemplo, el caso visto en Estados Unidos de Norteamérica, desde la Asociación de Filadelfia de 1707 a las iglesias fundadoras de la Convención Bautista del Sur en 18453 y más. El punto de este hecho histórico es para afirmar simplemente que si queremos conocer lo que los bautistas en su mayoría creían respecto de la Biblia, necesitamos ir más allá que el primer capítulo de La segunda confesión bautista de 1689.

 

El qué de las Sagradas Escrituras

Al observar el primer capítulo de la esta Confesión notamos que la pregunta más prominente a ser respondida es: ¿Qué creían los bautistas acerca de la Palabra de Dios? La respuesta inicial a esta interrogante es que los bautistas eran, sin duda, parte de la familia de las iglesias protestantes en cuanto a su confesión sobre la Palabra de Dios. En efecto, si se compara La segunda confesión de Londres con La confesión de Westminster (1647) y La declaración de Savoya (1658), de las iglesias presbiterianas y congregacionalistas, respectivamente; es posible descubrir que los bautistas que la estructuraron reflejan la formulación de los cánones doctrinales mencionados. Por ello, los bautistas son, por su historia, protestantes y, por tanto, evangélicos en su convicción acerca de la doctrina de las Sagradas Escrituras.

Señalar esto nos conduce al meollo de este artículo que se enfoca en la primera oración del primer párrafo de La segunda confesión de fe bautista de Londres. Si volvemos a la pregunta central: «¿Qué creían los bautistas acerca de la Palabra de Dios?», el enunciado inicial del fragmento mencionado indica de manera concisa:

«Las Sagradas Escrituras constituyen la única regla suficiente, segura e infalible de todo conocimiento, fe y obediencia salvadores».

Debido a que esta oración se conecta a un segmento de mayor extensión, es apropiado ver esta declaración en su contexto completo. El primer párrafo de esta confesión responde a la pregunta de por qué la revelación escrita de la Palabra de Dios es necesaria.

De acuerdo con la verdad bíblica de que «la luz de la naturaleza y las obras de la creación y de la providencia manifiestan de tal manera la bondad, sabiduría y el poder de Dios que dejan a los hombres sin excusa»,4 se podría concluir que la creación divina y la consciencia del hombre son suficientes para traer a los pecadores a la bendición de la salvación. Sin embargo, los escritores de la esta Confesión desestiman rápidamente esa idea y expresan de manera enfática que «[las obras de la creación y la consciencia del hombre] no son suficientes para dar el conocimiento de Dios y de su voluntad que es necesario para la salvación». Entonces la llamada revelación general de Dios es suficiente para dejar sin excusas al hombre ante el hecho de que Dios existe; sin embargo, es insuficiente para traer a los pecadores al conocimiento de redención.

Entonces, ¿qué es necesario para traer al hombre a la fe salvadora? ¿Qué ha dado Dios para revelar al hombre su necesidad de salvación por medio de Jesucristo? La segunda confesión de Londres responde estas interrogantes en tres ideas del primer párrafo:

 

Primero: La revelación divina de la redención vino inicialmente por medio de Sus profetas de diversas maneras5. «Por lo tanto, agradó al Señor, en distintas épocas y de diversas maneras, revelarse a sí mismo y declarar su voluntad a su iglesia».

Segundo: La revelación de Dios de la redención no fue sólo oral, sino que Dios dio en forma escrita toda la revelación redentora para preservarla del mundo caído y propagarla en él. De esa manera, puso por escrito precisamente todo lo que los pecadores necesitan saber para ser salvos6: «Posteriormente, para preservar y propagar mejor la verdad y para un establecimiento y consuelo más seguros de la iglesia contra la corrupción de la carne y la malicia de Satanás y del mundo, le agradó poner por escrito esa revelación en su totalidad».

Tercero: La Palabra escrita de Dios, al ser la revelación completa de la redención de los pecadores, se vuelve absolutamente esencial para traer a los hombres a la fe salvadora7. «…poner por escrito esa revelación en su totalidad, lo cual hace a las Santas Escrituras muy necesarias, habiendo cesado ya las maneras anteriores por las cuales Dios revelaba su voluntad a su pueblo».

He ahí el contexto completo al cual se conecta el enunciado inicial del primer párrafo. Esta confesión se esfuerza en dejar claro que «las Sagradas Escrituras constituyen la única regla suficiente, segura e infalible de todo conocimiento, fe y obediencia salvadores». La revelación para que un pecador vea su pecado, su peligrosa situación ante un Dios santo y su único rescate del juicio venidero exclusivamente en Jesucristo; sólo puede ser oída y recibida desde la Palabra de Dios. Es por esta razón que las Santas Escrituras son «muy necesarias».

Ahora, explicado el contexto del primer párrafo, veamos el contenido de su enunciado inicial y consideremos cómo responde a nuestra pregunta: ¿Qué creían los bautistas acerca de la Palabra de Dios?

En primer lugar, creían que la Palabra de Dios es «las Sagradas Escrituras». El énfasis está en la palabra sagrada. La Biblia no es cualquier libro, sino que es peculiar, único y apartado de cualquier otra pieza literaria. Jamás ha existido ni existirá escrito alguno en la historia de la humanidad como la Palabra de Dios. Por ello es la Sagrada Escritura. Cuarenta autores humanos escribieron su contenido, mas no por su propia inteligencia ni sabiduría, sino por inspiración divina. Lo que escribieron provino de Dios «siendo inspirados por el Espíritu Santo»8. Por ello, la declaración de la misma Escritura es que toda ella es «inspirada por Dios»9. De esta manera, nuestros antecesores bautistas al confesar su convicción respecto de la Biblia, señalaron que ella es «Sagrada Escritura».

En segundo lugar, creían que la Palabra de Dios es «la única regla suficiente […] de todo conocimiento, fe y obediencia salvadores». Lo que debe llamar nuestra atención de este segmento es que la Confesión describe la Palabra de Dios como la regla. Este término se entiende como aquello que regula o guía. Llamar la Palabra de Dios como la regla es hacer referencia al hecho de que la revelación escrita de Dios guía y regula nuestras vidas en un curso determinado. En particular, nos guía a «todo conocimiento, fe y obediencia salvadores», lo que significa que el conocimiento, fe y obediencia obtenidos y que emanan de la Palabra de Dios son, por naturaleza, redentores. Es por ello que en 2 Timoteo 3:15 se describe la Palabra de Dios como capaz de «hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús». Así, la Palabra de Dios no nos guía a cualquier tipo de conocimiento, fe y obediencia, sino a aquellos que nos hacen «sabios para la salvación».

En consideración a esto, la Confesión describe la palabra de Dios como «la única regla suficiente […] de todo conocimiento, fe y obediencia salvadores». Antes que todo es «la única regla […] de todo conocimiento, fe y obediencia salvadores». No existe otra fuente que pueda reconciliar a los pecadores culpables con el Dios santo fuera de la propia Palabra santa de Dios. Por ese motivo los escritores de la Segunda confesión de Londres profundizaron en esta verdad en el sexto párrafo al expresar lo siguiente: «Todo el consejo de Dios tocante a todas las cosas necesarias para su propia gloria, la salvación del hombre, la fe y la vida, está expresamente expuesto o necesariamente contenido en las Sagradas Escrituras; a las cuales nada, en ningún momento, ha de añadirse, ni por nueva revelación del Espíritu ni por las tradiciones de los hombres».

Si aplicamos esto a la actualidad, vemos que el clamor popular por la continuidad de revelaciones proféticas y la utilización de métodos no validados en las Escrituras como medios para traer a los pecadores a la fe en Cristo son cancelados por la Palabra escrita de Dios. No hay otro conocimiento que necesitemos sobre Dios, el hombre y la redención que Él mismo ha dado en Su palabra escrita. Por lo tanto, cuando el Espíritu Santo ilumina nuestro entendimiento, no nos da nuevas revelaciones, sino que más bien abre nuestros corazones para recibir lo que ya ha sido registrado en las Sagradas Escrituras. Por consiguiente, la Confesión señala de manera correcta que «la iluminación interna del Espíritu de Dios es necesaria para un entendimiento salvador de las cosas reveladas en la Palabra». Necesitamos que el Espíritu Santo nos de entendimiento, pero lo que Él nos capacita a entender son sólo «las cosas reveladas en la Palabra».

A la luz de esto, no debe ser ninguna sorpresa que el segundo término para referirse a la Palabra de Dios como «la única regla…» para «la obediencia, fe y conocimiento salvadores» es la palabra suficiente. En la esencia de esta descripción referida a la Palabra de Dios escrita encontramos el hecho de que nada puede quitarse ni añadirse a lo que Dios ya ha revelado en Su texto sagrado. Además, señalar que «las Sagradas Escrituras» constituyen «la única regla suficiente» significa que todo lo que se necesita decir para creer en lo concerniente a «todo conocimiento, fe y obediencia salvadores» está revelado de manera completa y total. Finalmente, debido a que «las Sagradas Escrituras son la única regla suficiente» para el conocimiento redentor, se debe concluir que Dios ya no tiene nada más que decir en este tiempo que lo que Él ya ha inspirado10 en su Palabra escrita11.

Es por esta razón, desde el punto de vista histórico, que las iglesias bautistas adscritas a la Segunda confesión de Londres ordenaron sus servicios de adoración con simpleza y obediencia a la Palabra de Dios. En la adoración, lo que Dios ordenó es correcto y lo que no ordenó, está errado12. Por ende, para nuestros antecesores bautistas, si lo que era considerado adoración no estaba estipulado de manera explícita en la Biblia, no debía practicarse. Así, todo lo que tenía lugar en el culto era la lectura, entonación, predicación y audición de la Palabra de Dios; junto con la ministración del bautismo y la Cena del Señor. Esta práctica y convicción se basaba en la creencia sólida de la suficiencia de la Palabra escrita de Dios. Nada ha de ser añadido ni quitado de la manera en que Dios ha regulado Su adoración en Su Palabra.

En tercer lugar, lo que los bautistas creían sobre la Palabra de Dios con base en la Segunda confesión de Londres es que «las Sagradas Escrituras constituyen la única regla […] segura […] de todo conocimiento, fe y obediencia». En este punto enfatizamos en el término seguro. Este adjetivo transmite la confianza firme de que debido a que las Sagradas Escrituras son «inspiradas por Dios»13, no existe nada que esté errado ni que induzca al error en los sesenta y seis libros que la componen. En otras palabras, no hay falsedad ni contradicciones en nada de lo que Dios inspiró divinamente que sus profetas escribieran como Sagradas Escrituras.

Esta declaración de la Confesión referida a la seguridad o absoluta certeza de la Palabra escrita de Dios como totalmente libre de errores en todo su contenido no es más que un eco de lo que la Biblia misma declara en el Salmo 119:160: «La suma de tu palabra es verdad»; o en Proverbios 30:5: «Toda palabra de Dios es limpia». La misma Palabra de Dios nos llama a concluir que Su revelación escrita siempre dice la verdad y que siempre dice la verdad acerca de todo lo que habla.  Este hecho del carácter de la Sagrada Escritura es lo que hoy se conoce como inerrancia. Confesamos que la Biblia es la Palabra de Dios inerrante. Más precisamente, «inerrancia de la Biblia quiere decir que la Biblia en los manuscritos originales no puede afirmar nada que sea contrario a la realidad»14. La Palabra de Dios es la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

Habiendo ya entendido el significado que envuelve el término seguro y cómo se aplica a la Sagrada Escritura, debemos fijarnos en cómo esta palabra se conecta con la Biblia al ser esta «la única regla para todo el conocimiento, fe y obediencia salvadores». Los autores de la Confesión nos indican que veamos y reconozcamos que, fuera de las Sagradas Escrituras, no existe ninguna otra guía competente, confiable, certera y honesta para revelar la verdad de Dios y Su gracia redentora en Cristo. Ellas constituyen la única regla inerrante que tenemos para acceder al conocimiento redentor. Por lo tanto, podemos apoyar toda nuestra vida en lo que la Biblia nos dice y enseña sobre «todo conocimiento, fe y obediencia salvadores», pues es absolutamente segura.

En cuarto y último lugar encontramos lo que los bautistas creían sobre la Palabra de Dios, expresado en esta Confesión, en la que se señala que «las Sagradas Escrituras constituyen la única regla […] infalible de todo conocimiento, fe y obediencia salvadores». El adjetivo a analizar es el término infalible. Mientras que la palabra segura  subrayó el hecho de las Sagradas Escrituras no contienen ningún error, el término infalible nos indica que es imposible que exista error alguno.  Para nuestros antepasados bautistas declarar la inerrancia de las Escrituras no era suficiente. Debido a que la Biblia es la Palabra de Dios (quien es incapaz de mentir15), la seguridad de todo el contenido bíblico está afianzada en su imposibilidad absoluta de errar.

Por lo tanto, como bautistas estamos frente a una confesión buena y sólida en lo que concierne a las Sagradas Escrituras. Ellas constituyen «la única regla suficiente, segura e infalible de todo conocimiento, fe y obediencia salvadores». Aquí permanecemos seguros de las últimas tendencias religiosas o la presión creciente de la cultura posmoderna que nos llaman a abandonar la verdad divina y abrazar la inseguridad sin esperanza. Aquí afirmamos toda nuestra doctrina y práctica eclesiástica. ¿Qué más podríamos querer o necesitar? Dios nos ha dado Su Palabra, la única regla para nuestra redención en Cristo.

 

Autor: Kurt Smith

Traductor: Waldo Chaparro

 

Artículo Original:

The Only Rule

  1. Robert G. Torbet, History of the Baptists (Valley Forge, PA.: Judson, rev, ed., 1963), p. 483. Original en inglés.
  2.  The Baptist Confession of Faith & The Baptist Catechism (Birmingham, AL.: Solid Ground Christian Books, 2010), p. vii. Original en inglés.
  3. Timothy y Denise George, ed., Baptist Confessions, Covenants, and Catechisms (Nashville, TN.: Broadman & Holman Publishers, 1996), p. 9. Original en inglés.
  4. Salmos 19:1; Romanos 1:19-21; 2:14,15
  5. Hebreos 1:1; e.g. visiones, sueños, profecías, etc.
  6. 2 Timoteo 3:15; Hebreos 1:1-2; 2 Pedro 1:19-21
  7. Romanos 1:16-17; 10:14-17
  8. 2 Pedro 1:21
  9. 2 Timoteo 3:16a
  10. 2 Timoteo 3:16a
  11. Deuteronomio 29:29
  12. Esta doctrina histórica sobre la adoración se denomina Principio regulador del culto, el que es expuesto en ocho párrafos en el capítulo XXII de La segunda confesión, titulado «De la adoración religiosa y el día de reposo». En el primer párrafo de este capítulo se observa cómo la Palabra de Dios es presentada como «la única regla suficiente» para la adoración: «La luz de la naturaleza muestra que hay un Dios, que tiene señorío y soberanía sobre todo; es justo, bueno y hace bien a todos; y que, por lo tanto, debe ser temido, amado, alabado, invocado, creído y servido con toda el alma, con todo el corazón y con todas las fuerzas. Pero el modo aceptable de adorar al verdadero Dios fue instituido por él mismo, y está de tal manera limitado por su propia voluntad revelada que no se debe adorar a Dios conforme a las imaginaciones e invenciones de los hombres o a las sugerencias de Satanás, ni bajo ninguna representación visible ni en ningún otro modo no prescrito en las Sagradas Escrituras».
  13. 2 Timoteo 3:16a
  14. Wayne Grudem, Doctrina bíblica: Enseñanzas esenciales de la fe cristiana.(Miami, FL.; Editorial Vida, 2005), p. 42.
  15. Números 23:19; Tito 1:2
Waldo Chaparro

Waldo Chaparro Inzunza es miembro de la Iglesia Bautista Reformada de Coronel.

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