Los dos testigos de las Escrituras – Jeff Johnson


¿Cómo sabemos que la Biblia es la Palabra de Dios? Al hacer esta pregunta, debemos dar dos respuestas diferentes  pero relacionadas entre sí. Primero, debemos responder con la evidencia objetiva que da sustento a la afirmación de que la Biblia es la Palabra de Dios. Segundo, debemos responder cómo es que llegamos a ser persuadidos subjetivamente de que lo es.

Por ejemplo, la evidencia objetiva de que el Lamborghini Aventator en mi garaje me pertenece sería los documentos de propiedad del vehículo en que aparece su número de chasis inscrito a mi nombre. Si esa fuera la realidad, esta verificación objetiva es todo lo que se necesita para probar que soy propietario del vehículo en un tribunal de justicia. Sin embargo, incluso si yo contara con esos documentos, estoy seguro de que no podría convencer de mis antiguos compañeros de escuela. Me los imagino diciendo: —«¡No te creo!», y pensarían probablemente que los documentos son falsos. Además, y lo admito, sería difícil de creer que yo tuviera un Lamborghini. Sería hasta inverosímil, por lo menos.

La realidad objetiva no siempre se traduce en certidumbre subjetiva. Lamentablemente, el corazón en pecado a menudo distorsiona nuestra manera de pensar (Efesios 4:18). Por supuesto, no tenemos ningún problema, o muy poco, en aceptar una verdad que consideramos beneficiosa. Normalmente no queremos omitir una verdad que nos haga ver y sentir bien. Sin embargo, nos es difícil aceptar la verdad que nos humilla, critica o condena. Por nuestra naturaleza egoísta somos inclinados a negar la verdad que despreciamos.

Si despreciamos a Dios, ciertamente despreciaremos Su Palabra. No se trata de que no tengamos la habilidad física de comprender la verdad espiritual, sino que, según Jonathan Edwards, no tenemos, apartados de la gracia, la habilidad moral de abrazar la verdad espiritual1. Así como el oso panda tiene las características físicas que le permiten comer carne, nacemos con las herramientas físicas necesarias para venir al conocimiento de la verdad. Los pandas, no obstante, no comen carne, sino que por alguna extraña razón se alimentan de hierba. De la misma manera, lejos de la gracia soberana, no tenemos el apetito por la verdad espiritual (2 Corintios 2:14). Nuestro amor natural por las tinieblas hace que la verdad espiritual nos parezca repulsiva.

Entonces, debido a nuestra naturaleza caída, no tenemos la tendencia moral para aceptar verdades espirituales, y necesitamos más que la sola certeza que proviene de la objetividad para aceptar la Biblia como la Palabra de Dios. Necesitamos la persuasión subjetiva. De acuerdo con el Capítulo 1, Párrafo 5 de la Segunda confesión bautista de fe de Londres, la Biblia verifica su autoría divina por medio de marcas objetivas de inspiración y por medio de la iluminación subjetiva del Espíritu Santo en nuestros corazones. Así, y como veremos a continuación, la Biblia tiene dos testigos de su autoría divina: la inspiración y la iluminación.

 

El testigo objetivo

La primera mitad del quinto párrafo se refiere al testigo objetivo de las Escrituras. Existen varios argumentos, de acuerdo a la Confesión, pues hay «abundante evidencia de ser [la Biblia] la Palabra de Dios». Además del «testimonio de la Iglesia», la evidencia objetiva que verifica la inspiración bíblica corresponde a las características divinas (llamas en la Confesión «excelencias» y «perfecciones») inherentes a la Biblia.

Al hablar de estas cualidades divinas, Juan Calvino señala que la mayor prueba de las Escrituras surge del carácter de aquel, cuya Palabra es2.  Ed. by John T. McNeill. Trans. by Ford Lewis Battles (Filadelfia: The Westminster Press, 1977), 1.7.4.]. En relación con esta verdad, William Whitaker indica que «La Escritura tiene por autor a Dios mismo; de quien procedió primero y vino toda la verdad. Por lo tanto, la autoridad de la escritura se comprueba del mismo autor, pues la autoridad de Dios resplandece en abundancia en ella»3.

En otras palabras, debido a que las Escrituras son inspiradas por Dios, contienen las mismas excelencias y perfecciones de Dios, lo que significa que la Biblia no sólo declara ser la Palabra de Dios (1 Corintios 2:12:13; 2 Timoteo 3:16; 2 Pedro 1:20), sino que se considera a sí misma como la verdadera Palabra de Dios. Con Dios, la Biblia se da autenticidad en su autoridad, eficacia e inerrancia inherentes.

Primero, la Biblia da testimonio de su autoría divina por su autoridad propia. Según John Owen, la autoridad de Dios que resplandece en ellas nos entrega toda la divina evidencia de sí mismas que Dios, por su voluntad, nos quiere entregar, nos puede entregar o que nos es necesaria. Así, la autoridad de la Palabra escrita —en ella y hacia nosotros— proviene de sí misma como la Palabra de Dios. Esto significa que la autoridad de la Escritura no se basa en la aprobación del hombre, concilios ecuménicos ni iglesias, sino en su autoridad inherente. Las Escrituras se comportan de la misma manera en que Dios lo haría si nos estuviera hablando directamente. Es decir, ella demanda fe, obediencia y sumisión tal como Dios lo hace. Ya que no hay diferencia entre la autoridad de Dios y la autoridad de la Biblia, desobedecerla en incredulidad equivale a desobedecer a Dios mismo (Juan 5:47).

Segundo, la eficacia inherente de la Biblia da testimonio de su autoría divina. Las Escrituras prueban ser la Palabra de Dios por su propia luz y poder (Salmos 36:9). Como la luz y el poder no requieren verificación externa, la Biblia tampoco necesita prueba externa de su divinidad. John Owen señala que aquello que tiene un poder innato en sí mismo y lo ejecuta efectivamente en un sujeto determinado; es capaz de evidenciar sobre sí mismo su propia naturaleza y condición4.  Asimismo, la Escritura cumple todo aquello que promete (Isaías 55:11). Tal como Dios creó el universo por medio de Su palabra hablada, recrea lo que ha sido destruido por el pecado por medio de Su Palabra escrita. La Escritura es el poder de Dios para salvación para todo el que cree (Romanos 1:16). Por la Palabra, almas muertas nacen milagrosamente de nuevo (1 Pedro 1:23), los pecadores endurecidos son santificados (Juan 17:17; Efesios 5:26) y los que están en tinieblas de esclavitud espiritual son liberados gloriosamente por la luz (2 Timoteo 1:10; 2 Pedro 1:19). La Escritura es más que letras escritas con tinta, sino que «es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón» (Hebreos 4:12). Si leemos la Biblia para criticar su mensaje, descubriremos que es ella la que nos critica y expone nuestro pecado y culpa. La Biblia comprueba que es la Palabra de Dios porque es el instrumento del poder propio de Dios mismo.

Tercero, la Biblia prueba ser la Palabra de Dios por su inerrancia. Para Dios es imposible mentir (Tito 1:2; Hebreos 6:18; Santiago 1:17), contradecirse (1 Corintios 14:33) y errar (Números 23:19). Dios es perfecto por naturaleza, omnisciente en su esencia y es el Señor soberano de toda verdad histórica, científica y religiosa. Por lo tanto, todo lo que procede de la mente de Dios conlleva la misma precisión e inerrancia de Dios mismo. Como la Biblia surgió en su totalidad del propio aliento del Dios infalible, carece absolutamente de errores en su producción original.

La autoridad, eficacia e inerrancia divinas con los atributos que dan testimonio de su propia inspiración. Estos atributos son propios de la Biblia. Debido a que estos atributos no necesitan testigos externos para probar su existencia, la Biblia comprueba ser la Palabra de Dios inspirada por su propia existencia. De esta manera, el testigo objetivo demuestra que la Biblia es la Palabra de Dios.

 

El testigo subjetivo

No obstante, existe otro testigo que testifica de la autoría divina de la Biblia. En la segunda parte del quinto párrafo encontramos la referencia a este testigo subjetivo: «la obra interna del Espíritu Santo, quien da testimonio en nuestros corazones por medio de la Palabra y con ella».

En un ámbito natural, podemos comprender mentalmente las diversas doctrinas de la Biblia y hasta asentir exteriormente su veracidad (Santiago 2:19)5. Ninguno de nosotros, sin embargo, creerá jamás ni se someterá voluntariamente a la verdad de las Escrituras fuera de la iluminación espiritual (Mateo 13:13; 2 Corintios 4:1-6; Colosenses 1:13)6.

La iluminación espiritual no se trata de que el Espíritu infunda nueva autoridad, veracidad ni nuevo poder a la Biblia, pues esas perfecciones divinas ya existen objetivamente en cada una de sus palabras. El problema no yace en ninguna deficiencia de su autoridad, eficacia e inerrancia, sino en la ceguera de nuestros corazones depravados e incrédulos. Tal como el sol sigue brillando para quienes no pueden ver, la Biblia continúa hablándonos incluso cuando no podemos oír la voz de Dios (2 Corintios 2:14).

La iluminación espiritual no provoca nada en las Escrituras, sino que lo hace en nuestros corazones. Como enseña la Confesión, la iluminación espiritual es «la obra interna del Espíritu Santo, quien da testimonio en nuestros corazones por medio de la Palabra y con ella». Es la influencia del poder de Dios que obra en, por y por medio de la Escritura para darnos luz y comprensión espiritual a nuestra mente y nuestro corazón y que no llama de manera irresistible a creer, aceptarla y obedecerla de buena voluntad. Para oír a Dios, necesitamos una nueva naturaleza, necesitamos nacer de nuevo por el poder el Espíritu Santo (Juan 3:17). Los ojos de nuestros corazones deben ser abiertos por Él (Efesios 1:18; Lucas 24:25).

Si bien necesitamos que el Espíritu nos ilumine, debemos recordar que no lo hace de manera independiente de la Palabra. Es importante que comprendamos que la obra y el poder del Espíritu Santo nunca tienen lugar separados de la verdad objetiva que declara la Biblia. El Espíritu es llamado «el Espíritu de verdad» (Juan 14:17) porque vivifica nuestros corazones (1 Pedro 1:23) y santifica nuestras vidas (Juan 17:17) por medio de la verdad de la Palabra de Dios. Las operaciones del Espíritu, que son invisibles a nuestro ojo humano se presentan y manifiestan en las afirmaciones verdaderas que están registradas objetivamente en las páginas de la Escritura. Es por esa razón que la fe viene por el oír, y el oír por la Palabra (Romanos 10:7).

Estamos convencidos de que la Biblia es la Palabra de Dios porque podemos oír Su voz hablándonos en, por y a través de las Sagradas Escrituras. Así como las ovejas conocen la voz de su pastor (Juan 10:27), sabemos por la iluminación del Espíritu Santo que la Biblia es la Palabra de Dios (1 Tesalonicenses 2:13). John Owen afirma que una vez que la mente de Dios se puso por escrito, cada hombre mortal e individual, a quien lleguen las Escrituras, tiene a Dios hablándole no de una manera inferior a que si oyese Su propia voz hablándole7.

Asimismo Edward Young nos recuerda que la iluminación espiritual no es la comunicación a nosotros que vaya más allá de aquello que ya está contenido en la Biblia. No es la impartición de conocimiento nuevo, no es una nueva revelación de Dios al hombre, sino que es aquel aspecto de la obra sobrenatural del nuevo nacimiento en que los ojos de nuestro entendimiento han sido abiertos de manera tal que nosotros, que alguna vez estuvimos en ataduras de pecado y oscuridad, ahora vemos aquello que antes no podíamos ver8.

Difícilmente se puede enfatizar de manera suficiente el hecho de que la iluminación espiritual nunca va más allá del texto. El Espíritu usa la Palabra escrita para abrir nuestro corazón y entendimiento. Cuando eso ocurre, sabemos que es Dios quien nos habla personalmente (Lucas 24:45; 1 Tesalonicenses 2:13-14). Por ello, debemos considerar la advertencia de Martín Lutero:

«Debemos permanecer en guardia en contra de los espíritus fantásticos que desprecian la Palabra y el Sacramento externo de Dios esperando que Dios les hable a su corazón. No, dice Cristo, he aquí mi dedo, la Palabra externa, que debe resonar en los oídos; mi saliva, que debe humedecer y estimular la lengua; así mi obra procede de manera correcta e inmediata en todo lugar. Esto vemos: siempre que la Palabra exterior puede transitar libremente: encontrará verdaderos cristianos. Si no transita libremente, ninguno será hallado, porque las ovejas van tras su pastor.

Todos deben, por lo tanto, tener cuidado de ser hallados en este camino y oír de buena gana la Palabra de Dios. Sin ella, Dios no se revela en vuestros corazones. Verle y conocerle sólo ocurre por medio de la Palabra externa y los sacramentos. El Espíritu santo no obra de ninguna otra manera. Es esto lo que Dios nos enseña al hablar del cielo: “Este es mi Hijo amado, a Él oíd”, también “el que a vosotros oye, a mi oye”».9

 

Conclusión

Las perfecciones divinas del carácter inspirado (autoridad, eficacia e inerrancia) y la iluminación del Espíritu Santo son los dos testigos de la naturaleza de las Sagradas Escrituras que dan testimonio de ella. El primero provee certeza objetiva, mientras que el segundo provee certeza subjetiva. Según la Confesión, ambos testigos son necesarios para asegurar la fe y la veracidad del propio testimonio divino de la Biblia sobre sí misma. 

 

Autor: Jeff Johnson

Traductor: Waldo Chaparro

 

Artículo Original:

The Two Witnesses of Scriptur

  1. Jonathan Edwards. The Freedom of the Will (Morgan, PA: Soli Deo Gloria, 1996), 26 Original en inglés.
  2. Juan Calvino. Institución de la religión cristiana [Institutes of the Christian Religion
  3. William Whitaker. Disputations on the Holy Scripture. (Orlando: Soli Deo Gloria Publications, 2005), 289 Original en inglés.
  4. John Owen. “The Divine Original of the Scripture”, en The Works of John Owen. (Edimburgo: Banner of Truth Trust, 1995), 319-23 Original en inglés.
  5. John Owen. Cita original: “I hold, therefore, that every man, if only possessed of reason and the ability to use it according to the measure of his talents, can (without the aid of the Holy Spirit) discover the sense of the Biblical propositions and grasp their signification. En Biblical Theology. Morgan, PA: Soli Deo Gloria, 1994., 606).
  6. John Owen. Cita: “My point is that teaching, arranged and systemized in this manner, has nothing at all in it which exceeds the purely intellectual capability of natural men. In all this, I stress we are by no means talking of realities themselves, but rather of methods and propositions by which it is attempted todescribe those realities ” (Biblical Theology, 607) Original en inglés.
  7. Íbid., 374-375.
  8. Edward Young, Thy Word is Truth (Edimburgo: Banner of Truth Trust, 2012), 34 Original en inglés.
  9. Martín Lutero. Sermon for the Twelfth Sunday after Trinity, basado en Marcos 7:31-37 en The Complete Sermons of Martin Luther, 7  Volumes (Grand Rapids: Baker Books, 2000) 6:399 Original en inglés.
Waldo Chaparro

Waldo Chaparro Inzunza es miembro de la Iglesia Bautista Reformada de Coronel.

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