Una perspectiva bautista reformada sobre la teología pública – Las confesiones reformadas Parte III – William F. Leonhart III


En nuestra discusión de una perspectiva bautista reformada sobre la teología pública, recientemente hemos estado examinando las confesiones reformadas. En los dos últimos posteos, examinamos dos afirmaciones de confesiones reformadas con respecto a la relación del gobierno civil con la iglesia: La confesión belga y la confesión bautista (1644 / 1646). En el artículo de hoy, concluiremos nuestra discusión de la teología pública en las confesiones reformadas examinando dos confesiones más: La Confesión de Westminster y La Confesión Bautista (1677 / 1689).

 

La Confesión de Westminster (1647)

En 1647, un año después de la revisión de la Confesión Bautista de 1646, la Asamblea de Westminster publicó la segunda confesión reformada que se adoptó en Inglaterra: La Confesión de Westminster. En esta confesión, ellos también abordaron el tema del magistrado civil. Sin embargo, volvieron al lenguaje de la anterior Confesión Belga sobre el asunto.

«El magistrado civil no puede asumir para sí mismo la administración de la Palabra y los sacramentos, o el poder de las llaves del reino de los cielos; sin embargo, tiene la autoridad, y es su deber, de tomar orden, que la unidad y la paz sean preservadas en la Iglesia, que la verdad de Dios sea mantenida pura y completa; que todas las blasfemias y herejías sean suprimidas; que todas las corrupciones y abusos en la adoración y la disciplina sean impedidos o reformados; y que todas las ordenanzas de Dios sean debidamente establecidas, administradas y observadas. Para el mejor efecto de lo cual, tiene poder para llamar a los sínodos, para estar presente en ellos, y para proveer todo lo que en ellos se tramite, sea según la mente de Dios» (WCF 23.3).

La Confesión de Westminster negó entonces el derecho del estado a intervenir y administrar la palabra y los sacramentos, pero argumentó que era el deber del estado supervisar y asegurar «que la unidad y la paz sean preservadas en la Iglesia, que la verdad de Dios sea mantenida pura y completa; que todas las blasfemias y herejías sean suprimidas; que todas las corrupciones y abusos en la adoración y la disciplina sean impedidos o reformados; y que todas las ordenanzas de Dios sean debidamente establecidas, administradas y observadas». En otras palabras, el punto de vista de Westminster sobre el papel del estado era el de hacer cumplir el orden eclesiástico y la disciplina.

En este frente, los reformados empezaron a ver una clara división en cuanto a la teología pública. Tanto los credobautistas como los paidobautistas entre los reformados estuvieron de acuerdo en que la iglesia tenía el deber de hablar con el Estado. Sin embargo, donde los bautistas particulares ingleses defendían que el papel del estado era el de asegurar la libertad de conciencia en asuntos relacionados con la práctica eclesiástica, los paidobaptistas en Inglaterra y en el continente defendían un papel más de ejecutor para el estado.

 

La confesión bautista (1677 / 1689)

En la última parte del siglo XVII, una nueva generación de bautistas se reunió para redactar una nueva confesión de fe. Esta Confesión sería más robusta que la primera, pero tomaría una forma mucho más cercana a la de la Confesión de Westminster que la de la anterior Confesión Bautista. Este cambio de forma se confunde a menudo con un cambio de sustancia, pero nada podría estar más lejos de la verdad. Aunque las cosas se declaran de manera diferente en la Segunda Confesión Bautista de Londres, representa el mismo marco teológico básico sobre el cual operaban los bautistas particulares a principios del siglo XVII.

En particular, la Confesión de 1689 presenta una doctrina mucho más racionalizada del magistrado civil. El énfasis en los deberes del magistrado civil hacia la iglesia y con respecto a la libertad de conciencia no es tan fuerte, pero ciertamente está presente. En particular, las leyes del Estado se someten a una ley mayor y más absoluta.

«Los magistrados civiles establecidos por Dios para los fines antes mencionados; el sometimiento, en todas las cosas lícitas ordenadas por ellos, debe ser cedido por nosotros en el Señor, no sólo por causa la ira, sino por causa de la conciencia; y debemos hacer súplicas y oraciones por los reyes y por todos los que están en autoridad, para que bajo ellos podamos vivir una vida tranquila y apacible, en toda piedad y honestidad» (LBCF 1689, 24.3).

Lo que se sugiere en el lenguaje «en todas las cosas lícitas» es la idea de que puede haber ciertas cosas ilegales ordenadas por el estado que obligarían a los cristianos a violar sus conciencias. Si surge la pregunta de a cuál seguir, al hombre o a nuestras conciencias guiadas por el Espíritu e informadas por la Biblia, debemos elegir nuestra conciencia cada vez. Como tal, las Confesiones Bautistas son unánimes en promover (incluso en exigir) la libertad de conciencia y, cuando el Estado viola la conciencia del creyente, la desobediencia civil junto con las consecuencias que ello conlleva. Hay una ley superior a la que estamos llamados, así que debemos someternos en todas las cosas que no violen esa ley superior. Incluso los confesionales presbiterianos estadounidenses llegaron a un acuerdo con sus hermanos bautistas en este punto de vista, alterando su propia Confesión de Westminster para permitir la libertad de conciencia en su teología pública.

 

Conclusión

De nuestro estudio de las confesiones reformadas, vemos que hay ciertos principios universales que deben ser concedidos para cualquier enfoque verdaderamente reformado de la teología pública. Primero, Dios ha dado la espada al magistrado civil con el propósito de castigar el mal y promover el bien. Segundo, al afirmar esta verdad bíblica, los reformadores confesaron el deber de la iglesia de hablar directamente al Estado sobre sus deberes y responsabilidades. Tercero, los cristianos deben someterse a todas las ordenanzas legales del Estado (es decir, a las leyes que no requieren pecado o desobediencia a Dios por parte de los cristianos). Cuarto, los cristianos deben rendir respeto y honor a todos aquellos que están en autoridad como hombres y mujeres puestos en autoridad por Dios para gobernarnos. Quinto, los cristianos deben orar por nuestros magistrados en todos los asuntos que lleven a la comodidad y prosperidad del estado para que podamos llevar una vida tranquila y pacífica.

Donde las confesiones discreparon fue en las áreas de trato eclesiástico y libertad de conciencia. Donde la Confesión Belga y la temprana Confesión de Westminster argumentaban que el Estado debería tener un papel de ejecutor en la iglesia y que podría forzar a la gente a tener en cuenta los puntos de vista de una iglesia particular sobre los sacramentos, las confesiones bautistas aprobaron un punto de vista que eliminaba el poder del Estado para hacer cumplir los asuntos de la iglesia y promovía la libertad de conciencia. Los bautistas particulares se cuidaron de evitar la mezcla de los Dos Reinos, sin quitar la voz profética de la iglesia. Eventualmente, en Estados Unidos, la perspectiva bautista particular sobre la teología pública ganó incluso para la mayoría de las iglesias paidobautistas. Así, al menos en Occidente, la visión bautista llegó a ser la visión predominante de los reformados. ¡Semper Reformanda!

 

Fuente: A Reformed Baptist Perspective on Public Theology – The Reformed Confessions (Part III)

Traductor: Carlos Sanchez

Carlos Sanchez

Miembro de la Iglesia Bautista de Quilpue, Casa del Alfarero. Sirve en el Ministerio Centro de Literatura Cristiana en Valparaíso, Chile. Casado con Vanessa Bustos y con dos hijos. Valentín y Ulises quien tiene autismo. Tiene un diplomado en Teología Reformada y Liderazgo del Seminario Teológico Presbiteriano de Chile y completó el curso "Theology and Culture" del Southeastern Baptist Theological Seminary.

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