¿Qué es la impasibilidad? La definición de un atributo olvidado, por James M. Renihan


 

La doctrina de la impasibilidad divina es una antigua creencia cristiana, confesada a lo largo de la larga historia de la Iglesia, y sin embargo, a menudo malinterpretada o rechazada en la actualidad. Refleja el teísmo cristiano clásico, y su importancia es bien conocida por los teólogos y se ha establecido durante siglos. Está profundamente arraigada en la tradición cristiana y ha sido confesada por todas las principales iglesias protestantes inglesas: los 42 Artículos de la Iglesia de Inglaterra de 1552 y su revisión de 1563 conocida como los 39 Artículos; la Confesión de Fe de Westminster de 1647; la Declaración de Savoy de las iglesias congregacionales inglesas de 1658, y la Segunda Confesión de Londres de los bautistas de 1677/89 (reimpresa en Estados Unidos con dos adiciones en 1742 como Confesión de Filadelfia). Sin embargo, en los últimos 150 años esta enseñanza ha sido criticada, modificada y rechazada, de modo que hoy es una doctrina impopular entre los teólogos evangélicos.

 

Impasibilidad con i

Antes de comenzar nuestro breve estudio, debemos tomar nota de dos cosas. En primer lugar, dado que la palabra puede confundirse fácilmente con un homófono similar, debemos hablar brevemente de la ortografía del término. La palabra teológica es impasibilidad (con una i en el medio), no impasabilidad (con una a en el medio). Esta última se refiere quizás al problema que puede tener su Fiat 500 para adelantar a un Corvette en una autopista, o a una carretera inundada intransitable tras una fuerte tormenta, o quizás al punto muerto al que se llega por la incapacidad de dos partes para concluir una negociación. Pero no se refiere a nuestra doctrina.

 

En segundo lugar, y más importante, debemos recordar que cualquier examen de Dios y de las enseñanzas sobre Él registradas en las Escrituras debe hacerse en el contexto de la devoción. Las palabras de Levítico 10:3 proporcionan el contexto para nuestro estudio: «Por los que se acercan a mí debo ser considerado santo; Y ante todo el pueblo debo ser glorificado». Nuestras discusiones de teología deben llevarse a cabo en este contexto.

 

 

La vía de la negación y la vía de la eminencia

 

La impasibilidad puede definirse de esta manera: «Dios no experimenta cambios emocionales ni desde dentro ni efectuados por su relación con la creación»[1] Es un complemento necesario de la doctrina de la inmutabilidad divina, que expresa el hecho de que Dios es inmutable en su esencia o ser, y en sus actos exteriores en el mundo.

 

Los teólogos cristianos reconocen que existe una distinción fundamental entre el Creador y la criatura. Sólo Dios tiene vida e inmortalidad. No necesita a nadie y es la perfección misma. Nosotros no somos así. Los humanos somos seres dependientes, que dependen de él para la vida y para todas las cosas. Por eso, los teólogos cristianos han reconocido que es más fácil decir lo que Dios no es que lo que es. Esto se ha llamado la Vía de la Negación. La impasibilidad es una de las muchas negaciones. Así como Dios es infinito -no finito-, inmortal -no sujeto a la mortalidad-, incomprensible -más allá de nuestra capacidad de comprensión- e inmutable -no cambiante-, también Dios es impasible. No está sujeto a las pasiones.

 

Por otra parte, al hacer afirmaciones positivas sobre Dios, nuestros maestros han expresado la Vía de la Eminencia. Este principio nos enseña que cuando se nos describe a Dios en términos de virtudes humanas, reconocemos que esas virtudes existen originaria, eterna, esencial y perfectamente (es decir, eminentemente) en Dios. Como es infinito, eterno e inmutable en su ser, es perfecto en todo lo que es. Su amor, misericordia, justicia, etc. son virtudes infinitas, eternas e inmutables. Nuestro problema es que olvidamos esta verdad básica y le imputamos a Dios características humanas. Esta es la raíz de las excepciones modernas a la doctrina cristiana histórica. Se hace a Dios a imagen y semejanza de la humanidad. Dios es amor; amor divino, amor infinito, eterno e inmutable. Su amor no aumenta ni disminuye, es lo que es.

 

 

Sin pasiones

Una de las declaraciones más famosas de esta doctrina se encuentra en la Confesión de Fe de Westminster. En su capítulo 2 leemos,

 

No hay más que un Dios único, vivo y verdadero que es infinito en el Ser y en la Perfección, un Espíritu purísimo, invisible, sin cuerpo, partes ni pasiones, inmutable, inmenso, eterno, incomprensible, todopoderoso, sapientísimo, santísimo, absolutísimo .

 

La frase «sin … pasiones» se refiere a la doctrina de la impasibilidad divina. Ha sido consistentemente confesada por los cristianos a través de los tiempos. En la época de la Reforma, la Iglesia de Inglaterra declaró en 1552 y 1563 en sus 42 Artículos y 39 Artículos que:

 

No hay más que un Dios vivo y verdadero, y es eterno, sin cuerpo, partes o pasiones, de infinito poder, sabiduría y bondad, el hacedor y preservador de todas las cosas tanto visibles como invisibles.

 

Los Artículos irlandeses de 1615 siguieron el ejemplo con palabras casi idénticas, y las grandes confesiones puritanas continuaron esta trayectoria. Estos documentos confesionales establecen una tradición de la doctrina de Dios que incorpora específicamente la doctrina de la impasibilidad divina[2], que es un componente necesario del teísmo cristiano clásico. Herman Bavinck dijo:

 

Aquellos que predicen cualquier cambio de Dios, ya sea con respecto a su esencia, conocimiento o voluntad, disminuyen todos sus atributos: independencia, simplicidad, eternidad, omnisciencia y omnipotencia. Esto despoja a Dios de su naturaleza divina, y a la religión de su fundamento firme y su consuelo seguro[3].

 

 

Expresiones de efecto, no de afecto

 

Negar la doctrina de la impasibilidad divina es abrir la puerta a la herejía. En el siglo XVII, esto fue expresado por un grupo de personas conocidas como socinianos. John Owen les respondió:

 

Pregunta. ¿No hay, según el tenor perpetuo de las Escrituras, afectos y pasiones en Dios, como la Ira, la Furia, el Celo, la Cólera, el Amor, el Odio, la Misericordia, la Gracia, los Celos, el Arrepentimiento, la Pena, la Alegría, el Miedo? Con respecto a lo cual él [el oponente sociniano de Owen, John Biddle] se esfuerza por hacer que las Escrituras determinen en forma afirmativa… A todo esto, pregunto si estas cosas se atribuyen propiamente a Dios en las Escrituras, denotando tales afectos y pasiones en él como los que hay en nosotros, que se denominan así, o si se le asignan a él, y se habla de él metafóricamente, sólo en referencia a sus obras y dispensaciones externas, correspondientes y que responden a las acciones de los hombres, en los que están tales afectos, y bajo el poder de los cuales están en esas acciones. Si se afirma esto último, entonces, como tal atribución de ellos a Dios, es eminentemente consistente con todas sus infinitas perfecciones y beatitud, por lo que no puede haber ninguna diferencia sobre esta cuestión, y las respuestas dadas a la misma; todos los hombres reconocen fácilmente, que en este sentido la Escritura atribuye todos los afectos mencionados a Dios[4].

 

Aquí, Owen trata de emplear la Vía de la Eminencia. Aunque en algunos lugares la Escritura parece atribuir emociones a Dios, debemos mirar más allá del lenguaje humano para ver las perfecciones que significan. Por ejemplo, el amor está en Dios como una perfección eterna, no como una pasión provocada por un encuentro con la criatura. Los teólogos han dicho a menudo que cuando se describe a Dios en el lenguaje de las emociones humanas, éstas son expresiones de efecto, no de afecto. En otras palabras, estamos leyendo sobre los efectos que Dios nos hace experimentar de sí mismo, no efectos que nosotros hemos hecho experimentar a Dios en sí mismo. Si leemos sobre ellos de la misma manera que experimentamos las pasiones y afectos humanos, disminuimos a Dios, haciéndolo sólo una versión mayor de nosotros mismos.

 

 

No hay que jugar con ella

 

Más recientemente, Clark Pinnock escribió:

 

La impasibilidad es sin duda el talón de Aquiles del pensamiento convencional. Era tan evidente para nuestros antepasados como lo es para nosotros, pero en cuanto se juega con ella el edificio tiembla[5].

 

Pinnock, que negó la impasibilidad y se convirtió en un defensor del teísmo abierto, reconoce que repudiar la impasibilidad requiere una revisión completa de la doctrina cristiana clásica. La impasibilidad divina debe mantenerse, o la iglesia perderá su identidad.

 

Escribiendo hace casi 340 años, el gran puritano John Owen pudo decir de la doctrina de la impasibilidad divina:

 

Todos están de acuerdo en que esas expresiones de «arrepentirse», «entristecerse» y otras similares, son figurativas, en las que no se pretenden los afectos que esas palabras significan en las naturalezas creadas, sino sólo un evento de cosas como el que procede de tales afectos [6].

 

Nuestra oración es que estas palabras se vuelvan a escribir hoy.

 

 

Notas:

[1] Samuel D. Renihan, God Without Passions: A Primer (Palmdale: RBAP, 2015) 19.

 

[2] Algunas partes de este artículo están tomadas de mi capítulo «La doctrina de la impasibilidad divina: «Pre-Reforma a través de la Inglaterra del siglo XVII» en Ronald S. Baines, Richard C. Barcellos, James P. Butler, Stefan T. Lindblad y James M. Renihan, Confesando al Dios impasible (Palmdale: RBAP, 2015).

 

[3] Herman Bavinck, Dogmática reformada, ed. gen. John Bolt, trans. John Vriend, 4 vols. (Grand Rapids: Baker Academic, 2003-2008), 2:158.

 

[4] John Owen, Vindiciae Evangelicae Or, The Mystery of the Gospel Vindicated, and Socinianisme Examined (Oxford: Printed by Leon. Lichfield, 1655), 73. Esta página está incorrectamente numerada como 65 en el original. La ortografía es original.

 

[5] Clark H. Pinnock, Most Moved Mover: A Theology of God’s Openness (Carlisle: Paternoster, 2001), 77.

 

[6] John Owen, The Works of John Owen, 23 vols. (Edimburgo; Carlisle, PA: The Banner of Truth Trust, 1965-1991), 21:257, énfasis añadido.

 

 

James M. Renihan

James Renihan (PhD) es presidente del Seminario Teológico IRBS en Mansfield, TX. Es autor de varios libros, entre ellos True Love y Edification and Beauty.

Carlos Sanchez

Miembro de la Iglesia Bautista de Quilpue, Casa del Alfarero. Sirve en el Ministerio Centro de Literatura Cristiana en Viña del Mar, Chile. Casado con Vanessa Bustos y con dos hijos. Valentín y Ulises quien tiene autismo. Tiene un diplomado en Teología Reformada y Liderazgo del Seminario Teológico Presbiteriano de Chile y completó el curso "Theology and Culture" del Southeastern Baptist Theological Seminary. Cursa estudios en el Seminario Bautista Confesional del Ecuador.

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