Una perspectiva bautista reformada sobre la teología pública – El Señor Encarnado (Parte II)


William F. Leonhart III / 10 de mayo de 2016

 

Continuidad

Al considerar la vida y las enseñanzas de nuestro Señor encarnado, mantengamos en la primera línea de nuestras mentes el hecho de que la misión primaria de Cristo no era la del cambio social. Más bien, su meta principal era la de redimir a su novia (la iglesia). Sin embargo, dado el hecho de que Su relación con Su novia es una relación de pacto, esta obra de redención vino con algunas implicaciones muy reales para la Teología del Pacto.

Ya sea que se refieran a los santos del Antiguo o del Nuevo Testamento, los bautistas particulares del siglo XVII los designaron como la Iglesia. La división radical presentada en el Dispensacionalismo entre el Israel étnico, nacional y la Iglesia no sólo habría sido absolutamente extraña para nuestros antepasados Bautistas Particulares. Habría sido francamente repugnante. En la medida en que los santos del período del Antiguo Testamento creían sólo en Yahvé por su justa posición ante Dios, estaban verdaderamente circuncidados del corazón.

 

Continuidad a través de la equidad general

No había ningún modo, en el Antiguo Testamento, en que el hombre fuera salvado por la ley o en que pudiera merecer su propia salvación. Había consecuencias incorporadas en la ley civil que proveían la regulación de la conducta apropiada dentro de la comunidad del pacto de Dios, así como hay consecuencias incorporadas en la política de disciplina de la iglesia del Nuevo Testamento para la regulación de la conducta apropiada dentro de la comunidad del pacto de Dios hoy en día. Ya sea que se tratara de un asunto de castigo corporal en la nación de Israel o de excomunión de las filas de la iglesia del Nuevo Pacto, el requisito de tres o más testigos es el mismo.

Como tal, nuestro Señor encarnado dejó claro que la Ley Civil del Israel nacional fue dada como una sombra de la mayor realidad de la disciplina de la iglesia en Cristo. En este sentido, Cristo no abolió la Ley Civil y Ceremonial sino que la aplicó a las congregaciones locales. Al hacerlo, Cristo no usó la mayor realidad de la ley judía nacional para señalar las sombras en la iglesia del Nuevo Pacto. Más bien, las Leyes Civiles y Ceremoniales fueron dadas como sombras para que pudieran resaltar la mayor realidad de la disciplina de la iglesia en Cristo. Este es el principio de la Reforma conocido como «equidad general». La letra de la ley del Antiguo Pacto ya no es vinculante para la iglesia cristiana, pero los principios morales eternos detrás de ella sí lo son.

«A ellos también les dio varias leyes judiciales, que expiraron junto con el estado de ese pueblo, sin obligar a nadie ahora en virtud de esa institución; su equidad general sólo es de utilidad moral» (Confesión Bautista, 19.4).

¿Por qué, sin embargo, existe la disciplina en la iglesia? La disciplina de la Iglesia existe para que Cristo pueda presentar a su Padre a su esposa como pura, sin mancha y sin arruga. Esto no quiere decir que seremos perfectos sin pecado en esta vida. No obtendremos la perfección hasta la gloria. Sin embargo, esto significa que seremos distinguidos del mundo.

 

Las personas separadas de Dios

Una de las razones por las que a Israel se le dieron las Leyes Civiles y Ceremoniales fue para distinguirla de las naciones circundantes. Se les dijo que debían ser diferentes de las naciones que los rodeaban y que sacrificaban a sus hijos a sus dioses falsos (Lev. 20:2-5). Al darles esta instrucción, Moisés no asumió que Israel sería atraído automáticamente a ir y sacrificar sus bebés a Moloc. Más bien, con el tiempo, a medida que permitieran más y más sincretismo a través de los años, eventualmente encontrarían poca diferencia entre ellos y sus vecinos paganos, incluso sacrificando a sus bebés en el altar (1 Reyes 11:7; 2 Reyes 23:10; Jeremías 32:35).

De la misma manera, una de las razones por las que se ha dado disciplina a la iglesia es para distinguirla del mundo. «Por lo tanto,’Salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor. No toquéis lo que es inmundo, y yo os recibiré» (2Corintios 6:17). Nuestro Señor les dijo a Sus discípulos que el mundo los odiaría como ellos lo odiaban a Él (Juan 15:18). Una marca esencial de los discípulos de Cristo es que serán apartados (santificados) del mundo. Los verdaderos discípulos de Cristo se distinguirán por una visión del mundo centrada en la Biblia (Juan 17:17).

Como tal, los males sociales que aquejan a nuestra sociedad (por ejemplo, el racismo, el chovinismo, el divorcio, etc.) deben ser abordados en la disciplina eclesiástica. No estamos aquí para pedir la excomunión visceral de los que cometen estos pecados. Más bien, estamos pidiendo que la práctica bíblica de la disciplina de la iglesia se aplique en estos casos.

 

Disciplina Bíblica de la Iglesia

La práctica bíblica de la disciplina de la iglesia es cuádruple. Comienza con lo que se ha llegado a conocer como disciplina formativa de la iglesia. Esa es la disciplina del Espíritu aplicada a los corazones y mentes de los miembros de la iglesia cuando se sientan bajo la predicación regular de la palabra de Dios. Por supuesto, si el Espíritu ha de disciplinar a su pueblo a través de la palabra predicada sobre estos asuntos, los pastores tienen el deber de predicar todo el consejo de Dios (Hechos 20:27). Esto significa que, cuando en el texto surja la oportunidad de abordar el racismo, el chovinismo, el aborto, la homosexualidad, el divorcio, etc., los pastores deben aprovechar estas oportunidades y enfatizar el estándar bíblico en su predicación de la palabra.

Donde los pecados de esta naturaleza persisten dentro del cuerpo a pesar de la palabra predicada, deben ser tratados en un espacio mucho más personal. La Biblia regularmente exhorta al cuerpo a una amonestación personal (Romanos 15:14; Colosenses 3:16; 2 Tesalonicenses 3:15; Tito 2:4; 3:10). Según el Señor, hay tres fases en la amonestación personal: (1) Ve a tu hermano en privado y, si te escucha, has ganado a tu hermano; (2) si no te escucha, llévate a otro hermano contigo para que, por la palabra de dos o más testigos, todo asunto pueda ser establecido; y (3) si él todavía no te escucha, lleva el asunto ante la iglesia (ver Mt. 18:15-20).

Debemos recordar, cada vez que discutimos la disciplina de la iglesia, que fue entregada para la pureza de la iglesia. De nuevo, la iglesia debe ser pura; la iglesia debe ser distinguida del mundo. Como tal, como ya hemos dicho, el mundo nos odiará.

 

El pueblo odiado de Dios

Por supuesto, el pueblo de Dios siempre ha sido odiado por el mundo. Siempre hemos sido odiados, porque siempre hemos sido distinguidos por Su palabra (Juan 17:14, 17). También hemos sido odiados por la obra del diablo. Nuestro Señor les dijo a los líderes judíos de su tiempo que eran de su padre: el diablo (Juan 8:44). Fue porque los líderes judíos eran hijos de Satanás, la camada de víboras (Mt. 3:7), que asesinaron a los profetas (Mt. 23:29-36). De la misma manera, nuestro Señor les dijo a Sus discípulos que serían arrastrados ante los gobernantes por los líderes judíos de su tiempo (Mt. 5:11-12; 23:34).

¿Significa esto que debemos evitar a los judíos y al mundo en general? ¿Debemos retirarnos a los monasterios para que no se sepa nunca más de nosotros? No. Más bien, nuestro Señor nos encomendó ser sus testigos «en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo más remoto de la tierra» (Hechos 1:8b; NASB). A través del libro de los Hechos y las epístolas veremos, tanto en la práctica como en la enseñanza, que los apóstoles tenían un corazón para los judíos y los gentiles. Ambos enseñaron y practicaron llevar el evangelio «primero al judío y también al griego» (Rom. 1:16b; NASB). Fue a través de la expansión creciente del pueblo del pacto de Dios en cada tribu, lengua y nación, como se ve en Hechos, que Dios derribó el muro divisorio de hostilidad que una vez existió entre el pueblo israelita del pacto de Dios y las naciones alrededor de ellos (Efesios 2:11-22). De la misma manera, el mundo nos aborrecerá mientras sus corazones permanezcan inalterados por el evangelio.

Concluiremos en nuestro próximo artículo examinando las discontinuidades entre las dos épocas divididas por la encarnación de nuestro Señor.

 

Fuente: A Reformed Baptist Perspective on Public Theology – The Incarnate Lord (Part II)

Traductor: Carlos Sanchez

Carlos Sanchez

Miembro de la Iglesia Bautista de Quilpue, Casa del Alfarero. Sirve en el Ministerio Centro de Literatura Cristiana en Valparaíso, Chile. Casado con Vanessa Bustos y con dos hijos. Valentín y Ulises quien tiene autismo. Tiene un diplomado en Teología Reformada y Liderazgo del Seminario Teológico Presbiteriano de Chile y completó el curso "Theology and Culture" del Southeastern Baptist Theological Seminary.

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